Barcelona amaneció esta semana desbordada con más de 750 000 personas y pintada de Blaugrana. Los culés derrotaron el domingo al Real Madrid 2-0, de forma categórica, y certificaron su título de liga número 29, por primera vez en un Clásico.
Durante el recorrido victorioso del club, entre tantos uniformes, pancartas y bufandas, en medio de las infinitas repeticiones del Cant del Barça, Lamine Yamal lució otra prenda, un símbolo de los miembros del equipo de la humanidad: la bandera de Palestina.
Un hincha la llevaba y él la pidió para demostrar su preocupación por el infierno instalado en ese país, en especial la inquietud relacionada con los niños. Seguramente pensaría: ¿cuántos jóvenes, perdidos entre las ruinas, tendrían sueños como los míos?
Parece una acción pequeña, pero realizarla requiere un valor inmenso. Al deporte –en su carácter de negocio– lo gobiernan las mismas fuerzas que ostentan la hegemonía global en todas las esferas, y para sostenerla están dispuestas a dejar manchas como el genocidio en Gaza, mientras les pagan a los grandes medios para lavarlas.
El propio director técnico de los campeones, el alemán Hansi Flick, desaprobó la actitud del extremo. Difícilmente halle apoyo entre los directivos y funcionarios que encontraron una mina de oro en la pura ilusión futbolera de los aficionados.
Sin embargo, su gesto posee gran importancia para las víctimas, al punto de que unos artistas le dedicaron un hermoso mural sobre los escombros de un edificio destruido en el campamento de refugiados de Shati, ubicado en la ciudad arrasada.
Los extremistas de un lado odiarán a Yamal, los del otro le exigirán acciones que prueben mayor compromiso, pero la decisión de trasladar ese mensaje, con grandes posibilidades de alcance gracias a sus millones de seguidores en los terrenos y en las redes sociales, constituye uno de sus mejores goles.
En una ocasión asistí a un conversatorio de Ignacio Ramonet y nos convidó a imaginar qué efectos provocaría en el despertar de la conciencia el respaldo de luminarias como Lionel Messi y Cristiano Ronaldo a la causa de la tierra pisoteada.
Ojalá se sumen mucho más al titular de la última Eurocopa, aunque tampoco resulta el primero. Durante estos años recientes han pedido la paz otras estrellas como Karim Benzema, Riyad Mahrez, Paul Pogba, Sadio Mané, el delantero retirado francés Eric Cantona, y los entrenadores Josep Guardiola y Jurgen Klopp.
En otros deportes resaltan el piloto británico de Fórmula Uno Lewis Hamilton y el baloncestista estadounidense-australiano Kyrie Irving. El nadador egipcio Abdelrahman Sameh ha recibido amenazas de muerte por expresar su apoyo y el argelino Fethi Nourine fue suspendido diez años por la Federación Internacional de Judo, tras retirarse de los Juegos Olímpicos de Tokio-2020 para evitar enfrentar a un israelí.
Lamine no es ni pretende parecer un gran héroe, tampoco realizó denuncias en las Naciones Unidas ni viajó en una Flotilla, pero, sin salir de su estadio, arrancó hacia la portería correcta, regateó a los únicos verdaderos rivales del mundo y anotó una joyita, mientras mostraba con orgullo la bandera palestina.
En la celebración de la corona también llevó una camiseta con el letrero «Gracias a Dios no soy madridista». Yo le agregaría: «Menos mal que no juegas para los asesinos y los sionistas».






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