ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Víctor Hugo quisiera narrar el próximo Mundial, pero considera su dificultad debido al tema de los derechos de transmisión. Foto: Captura de video

Una noche, varios meses atrás, viví uno de esos sueños de cristal porque me vi, de pronto, en la cabina de un estadio de fútbol durante una Copa Mundial.

Jamás supe si me hallaba en Estados Unidos, México o Canadá, en Sudáfrica, Rusia o Catar, ni llegué a reconocer los equipos sobre el terreno, pero sí escuché a mi lado la voz de Víctor Hugo Morales, pues lo acompañaba en la transmisión del partido. Naturalmente, a esa hora olvidé cómo hablar y me desperté.

Luego, en medio de la moda de las fotos con inteligencia artificial, traté de crear una junto a él, pero nunca encontré la manera y, por suerte, tampoco resultaría necesaria.

Gracias al v Coloquio Patria pude tomar esa instantánea y conversar con el ídolo, que me enseñó a amar el oficio de sentarnos frente a un micrófono para envolver las acciones de la cancha en un halo de eternidad.  

Define el fútbol como «un juego convertido en arte y el relato, un pequeño arte menor derivado de varios deportes, pero fundamentalmente de ese. Ambos nacieron para hacer mejor a la humanidad.

«Mi generación era la de la radio y en Uruguay teníamos un narrador maravilloso llamado Carlos Solé, lo escuchábamos apasionadamente. Para nosotros, él casi inventó el relato».

El prestigioso periodista, escritor y locutor nos confiesa su plantel de la infancia: «Rampla Juniors, quizá porque habitaba un pueblo chico y me gustaba llevarle la contraria a los de Peñarol y Nacional».

Pero más allá de aquel amor pasajero, «no me anima ninguna forma convencional de fanatismo, soy hincha de valores. Si Marcelo Bielsa dirige la selección de Perú, puedo volverme seguidor de ese conjunto porque lo considero un hombre excepcional».

 

UN POETA DEL MICRÓFONO

Aparte de algunos ejercicios de respiración e impostación, casi de modo autodidacta, nunca asistió a un curso. «Para esta profesión no existen, como para la de escribir. ¿Quién te hace redactar un buen cuento? ¿Y quién te transforma en relator si careces de los elementos?»

Entre ellos menciona «buena voz –dentro de lo posible–, resistencia en las cuerdas vocales, golpe de vista y un poco de creatividad. Equivale a contemplar un cuadro que te parece lindo, pero alguien se te para detrás, te dice: “mire cómo entra la luz por la ventana”, y te ayuda a descubrir un cuadro distinto o mejorado. La base reside en lo que dios te da, sin mucho misterio».

A pesar de su maestría, aún siente nervios cuando traslada las acciones sobre el césped a los oyentes, «pero particularmente recuerdo, de joven, mi miedo a no acertar en los nombres, a quedarme atrás en las jugadas. El miedo, como en todos los órdenes de la vida, cuando nos jugamos algo que nos importa.

«Durante los dos primeros años de mi carrera iba a los vestuarios antes de los partidos –en aquella época lo permitían– y me ponía en un rinconcito a observar a los futbolistas: cuál era rubio, cuál morocho, el más petiso (bajito), el más alto, el de pelo largo, y relacionaba esos rasgos con el nombre, por ejemplo: González (chueco)».

La rivalidad del Río de La Plata, entre Argentina y Uruguay, constituye una de las más impresionantes. Este charrúa de nacimiento devino la voz de los grandes triunfos albicelestes por la Radio Nacional de los actuales reyes del orbe, y lo asume «con naturalidad. Si fueras a México amarías a esa nación, pero Cuba es Cuba en tu alma, eso nunca cambia».

Llama la atención cómo un territorio de apenas tres millones de habitantes exhibe dos títulos al más alto nivel, estrellas de la talla de Enzo Francescoli, Diego Forlán, Luis Suárez y Edinson Cavani, cronistas como Eduardo Galeano, y tantos narradores excelsos. 

Así intenta descifrar esa encrucijada: «Hay una cultura futbolística desde el fondo de la historia. Posee esa riqueza por la cual un niño, cuando le tiras una pelota, le pega con el pie, en vez de agacharse a recogerla».

Aunque varias representaciones nacionales sudamericanas muestran excelente salud, sus respectivas ligas perdieron la fortaleza del pasado siglo porque esas tierras «son de exportación, han sembrado jugadores por todo el mundo, y si cuentas con Suárez y Cavani en Nacional, Peñarol o Defensor levantas la calidad, pero de lo contrario cae.

«Además, venden muy rápido a los jóvenes y su formación difiere de quienes la construyen escalón sobre escalón». Resulta difícil, a esa edad, soportar la presión por debutar, «de buenas a primeras, en un estadio de 50 000 personas, y parar la pelota con el pecho para dejarla en los pies».

 

LA ÉPICA DEL FÚTBOL SUDAMERICANO CONTADA POR SU VOZ

De Víctor Hugo recibimos, sobre todo, la admirable sinceridad profesional al compartir su apreciación de la mano de Diego Armando Maradona ante los ingleses en los cuartos de final de

México-1986, y su delirio, pocos minutos más tarde, motivado por la genialidad del «barrilete cósmico».

Pero también «le guardo mucho aprecio a mis relatos del torneo de 1982, los duelos de Italia contra Alemania, en la final, y frente a Brasil. Igualmente, un gol de Venancio Ramos con Uruguay en 1990. De Argentina, ese propio año, el de Claudio Caniggia ante Brasil y, un cuatrienio después, el de la despedida de Maradona de los mundiales».

Rememora cómo surgió una de sus frases inconfundibles: «los uruguayos expresamos “ta” cuando la comida está lista o cualquier cosa terminó. Una vez el gol parecía hecho, pero el rematador lo demoró y dije: “ta, taaaaa, taaaaa”, así salió esa simpleza».

Esta leyenda del micrófono nos ha regalado imágenes fascinantes, como escapadas de un libro, pero nunca las prepara desde antes, ni siquiera a horas de contarnos los enfrentamientos más trascendentales.

«Debes improvisar, la espontaneidad resulta decisiva para aportar una gran emoción. Al revés, dejas de realizar el trabajo visceral de la persona que cierra los ojos y trata de embellecer la jugada. Tú puedes construir una intención poética, en cualquier circunstancia».

La final de Catar-2022 la experimentó de forma tremenda. Tras el penal victorioso de Gonzalo Montiel y la consagración de la Scaloneta, sus palabras escribieron un cuento digno de aparecer en Las mil y una noches.

«Había una vez un pibe en Rosario que creyó que merecía ser campeón del mundo y frotó una lámpara, y la lámpara le dijo: “salí vos, porque el genio sos vos” (…) Hasta que un día, bajo estas estrellas de Catar, cerca de un desierto interminable que nos habla del infinito, Messi encuentra la eternidad que merecía».  

Acerca de esa adaptación a cada escenario, explica: «Si vengo a narrar a Cuba sé que aquí vivieron Martí, Fidel, el Che. Entonces, eso surge inmediatamente: “Cuba ama la igualdad de los hombres, pero en el fútbol saca ventaja”», brinda un ejemplo rápido, pero siempre ingenioso.

Nos comparte su opinión sobre el formato ampliado para la cita planetaria dentro de unos meses. «Deberían disputarla, máximo, 16 equipos, para garantizar la jerarquía. Muchísimos seleccionados van a que la televisión de su país transmita tres partidos y le entregue a la fifa la ganancia de la recaudación por los encuentros que le vendió».

Aunque en Lusail aseguró: «Si Messi se va, nos vamos con él», confiesa que el muy posible retorno del diez a la magna lid también le conferiría a él el derecho de volver. Sin embargo, «no lo decido yo, exige comprar los derechos y sostengo un viejo litigio con sus dueños, al punto de dejarme fuera de Brasil-2014 y Rusia-2018. Pude trabajar la vez pasada por una emisora estatal, pero ahora lo veo muy difícil.

«Los relatos deportivos me van a abandonar antes, por una cuestión física. En cuanto a lo demás, tengo ganas de culminar mi carrera. Cada año pienso: “este es el último” y siempre alguien me ofrece una herramienta, aquí estoy».

El 18 de diciembre de 2022 realizó una de las más hermosas despedidas, ojalá no definitiva: «te digo adiós y gracias, querido fútbol, campeón del mundo, te debo tanto, pero tanto que caminaré eternamente por el desierto, (…) preguntándome cómo te lo pago y no habrá manera». Hoy soy yo quien le dice: «Gracias, Víctor Hugo».

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