Lo ocurrido este sábado en la Ciudad de México no fue solo una derrota; fue un naufragio en toda regla que obliga a una reflexión profunda sobre el estado actual del beisbol cubano.
Los Cocodrilos de Matanzas se despidieron de la Liga de Campeones de América firmando una de las páginas más discretas para un equipo de la isla en escenarios internacionales, tras caer por un marcador antológico de 36-13 ante los Diablos Rojos de México.
Si el balance final de una victoria y tres derrotas ya resultaba amargo, la forma en que se produjo la eliminación roza lo inverosímil. Recibir 36 carreras en un solo encuentro —posiblemente la peor paliza en la historia para un elenco nacional— no puede atribuirse solo a la altitud de la Ciudad de México o a la calidad del rival. Lo de los pupilos de Armando Ferrer fue una debacle colectiva desde el montículo.
Durante el torneo permitieron la friolera de 69 anotaciones en apenas cuatro juegos. Las estadísticas del último choque contra los Escarlatas son de espanto: 19 boletos otorgados y 29 imparables permitidos. El abridor Shaiel Cruz personificó este descontrol al abandonar el desafío tras conceder cuatro pasaportes sin permitir siquiera un jit, pero dejando la escena lista para una masacre que incluyó seis cuadrangulares mexicanos.
Resulta contradictorio que, en un estadio como el Alfredo Harp Helú, conocido por ser un paraíso para los jonroneros debido a su altitud, la artillería cubana apenas lograra sacar tres pelotas del parque en todo el certamen, cortesía de Yulieski Remón en el debut, más Andrys Pérez y José Amaury Noroña en la despedida.
Mientras los Diablos Rojos castigaban sin piedad cada envío, los bates cubanos se mostraron impotentes ante lanzamientos que, en muchos casos, no superaban las 85 millas por hora. La incapacidad de producir ante un pitcheo de nivel discreto es un síntoma alarmante de la pérdida de oficio y agresividad de nuestros bateadores en eventos de este calibre.
La actuación de Matanzas —el campeón de la Serie Nacional, levemente reforzado— debe verse como un termómetro de nuestra realidad deportiva. Finalizar en el cuarto puesto (1-3), solo por encima de los CTBC Brothers de Taipéi de China, no admite justificaciones.
Mientras los Kane County Cougars de Estados Unidos y los Diablos Rojos avanzaron con solvencia técnica, el equipo cubano regresa a casa con las maletas llenas de dudas. La garra de los Cocodrilos nunca apareció; en su lugar, vimos un conjunto indefenso, carente de rigor táctico en el pitcheo y con una anemia ofensiva preocupante.
Lo de este sábado trasciende una simple estadística para el olvido, fue un grito de auxilio para un beisbol que, a día de hoy, parece haber perdido la brújula, incluso en torneos que se presagiaban de nivel moderado.






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