Como dos remates directos a la gloria, los voleibolistas cubanos Ana Ibis Fernández y Joel Despaigne recibieron la nominación al Salón de la Fama de Voleibol Mundial, con sede en Holyoke, Massachusetts, Estados Unidos.
La natural de Sancti Spíritus exhibe una impresionante vitrina pues constituye una de las dos jugadoras con cuatro medallas olímpicas consecutivas y llegó a tocar, dentro de las Morenas del Caribe, la cima más alta conquistada por cualquier equipo en la historia: las coronas en Barcelona-1992, Atlanta-1996 y Sidney-2000.
Según el acucioso investigador Osvaldo Rojas Garay, en su exquisito libro Casos y cosas del deporte, Fernández devino una de las seis representantes de la Mayor de las Antillas vencedoras en todas esas lides bajo los cinco aros y en los Mundiales de Brasil-1994, así como de Japón, un cuatrienio después. Completan esa lista Mireya Luis, Regla Bell y Torres, Marlenis Costa y Lili Izquierdo.
Disfrutó la victoria en las Copas del orbe de 1995 y 1999, celebradas igualmente en tierras niponas, además de un título y una plata en la Copa de Grandes Campeones, desarrollada en aquella década final del pasado siglo.
La también reina panamericana y en dos ocasiones Centroamericana y del Caribe, protagonista de excelentes resultados en clubes italianos, españoles y rusos, poseía, quizás como virtud más elevada, la invariable y férrea mentalidad ganadora de una generación irrepetible.
Por ese motivo decidió seguir adelante y, ya sin un proyecto tan sólido, en el cual soplaban los inevitables aires del recambio, ayudó a obtener otra valiosa presea, de bronce, en el certamen estival de Atenas, en 2004.
RAÚL ARRIBA, DESPAIGNE ABAJO
Esa frase de René Navarro sintetizó la combinación de pasador y atacante más grandiosa en selecciones masculinas de la Mayor de las Antillas, entre las manos prodigiosas de Raúl Diago y la potencia sin par de Joel Despaigne, el mejor de la Tierra en la temporada 1989-90 y nominado en la encuesta para el más destacado de la centuria anterior.
Lideró una tremenda generación que llenaba, varios fines de semana al año, el Coliseo de la Ciudad Deportiva, cuando recibían otras nóminas de élite en la Liga Mundial. Cuatro veces llegó hasta la final de esa justa, aunque nunca saboreó el triunfo, y también llevó a su cuello un bronce.
Monarca a nivel regional y continental en citas múltiples, también se adueñó de una plata en el Campeonato planetario de 1990 y un año antes participó en un hecho sin precedentes, pues en uno y otro sexo dominaron la Copa del Mundo.
Considerado uno de los más sobresalientes opuestos de todos los tiempos, deleitaba al público con sus duelos individuales frente a su homólogo italiano Andrea Zorzi y el brasileño Marcelo Negrao.
Se retiró del conjunto nacional justo antes del único lauro conseguido por esta nación en la Liga, en 1998, pero su legado de fortaleza y coraje aún parece saltar en las canchas.
La página de Facebook Voleibol cubano por el mundo apunta que la Isla, en el Salón de la Fama, «entre los 176 miembros cuenta ya con siete, y pudiera llegar a nueve, si en definitiva hacen la Clase estas dos leyendas».
En la modalidad de sala también nominaron, en cuanto a las mujeres, a Foluke Akinradewo-Gunderson (Estados Unidos), Ekaterina Gamova (Rusia) y Fabiana Alvim (Brasil). Los hombres son Kim Ho-Chul (Corea del Sur), Yuriy Panchenko (Ucrania) y Rafael Pascual (España).
En la de Playa aparecen las féminas Juliana Felisberta (Brasil), Xue Chen (China) y April Ross (Estados Unidos); junto a los varones Alison Cerutti (Brasil), Pablo Herrera (España) y Jonas Reckermann (Alemania).













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