ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Wilyer Abreu conectó dos jonrones fundamentales en rondas de muerte súbita: ante Japón y Estados Unidos. Foto: MLB

El LoanDepot Park de Miami no fue, en la noche de este martes, un simple estadio de beisbol; fue el escenario de una consagración histórica. En una final que rozó la perfección y el drama, Venezuela derrotó 3-2 al poderoso Estados Unidos para proclamarse, por primera vez en su historia, monarca del Clásico Mundial.

La tropa de Omar López, que ya venía de dar un golpe de autoridad ante Italia, completó la hazaña frente al coloso del norte. Lo que comenzó como un sueño de todo un país, terminó con una celebración que retumbó desde las costas del Caribe hasta los Andes, sellando la página más brillante del deporte venezolano.

El duelo se mantuvo cerrado hasta el tercer episodio, cuando Venezuela apeló a la pelota pequeña y la inteligencia táctica. Un sencillo de Salvador Pérez encendió la mecha y, tras un desliz del pitcheo estadounidense en forma de lanzamiento descontrolado, Maikel García, el Jugador Más Valioso de la lid, produjo con un elevado de sacrificio la carrera que rompió el celofán.

La ventaja se amplió en el quinto acto con un estallido de autoridad. Wilyer Abreu, al primer envío del abridor Nolan McLean, conectó un maderazo seco que mandó la pelota a dormir más allá de la barda del jardín central. El rugido en las gradas fue el preludio de lo que parecía una victoria inminente.

Desde la lomita, el zurdo Eduardo Rodríguez dictó una auténtica cátedra. Durante cuatro entradas y un tercio, «E-Rod» maniató a la artillería norteamericana, permitiendo apenas un jit y recetando cuatro ponches. Sin embargo, el beisbol tiene sus propios tiempos y tras el dominio inicial de los relevistas apareció la figura de Bryce Harper en el octavo inning. Ante un envío de Andrés Machado, despachó un cuadrangular con un compañero a bordo que niveló la balanza 2-2 y puso los nervios a flor de piel.

Pero esta Venezuela no sabe de rendiciones. En la parte alta de la novena, con la presión en su punto máximo y Garrett Whitlock sobre el montículo, Eugenio Suárez se vistió de leyenda. Con un doblete quirúrgico y oportuno, remolcó la carrera de la diferencia, devolvió la ventaja a los criollos y silenció a la mitad del estadio.

El cerrojo final llevó el nombre de Daniel Palencia. Con una sangre fría envidiable, retiró los últimos tres outs, abanicando a dos bateadores para desatar la locura colectiva y asegurar el salvamento. Machado, a pesar del jonrón permitido, se llevó el triunfo en su registro personal, mientras Whitlock cargó con el amargo revés.

Cuando el guante de Palencia atrapó el último aliento del juego, Venezuela dejó de ser un retador para convertirse en el dueño del diamante mundial. Más que un trofeo, la Vinotinto levantó el orgullo de una nación que esperó décadas por este instante. En Miami, bajo las luces y el júbilo, el beisbol hizo justicia a una tierra que respira este deporte: es, por derecho propio, el nuevo campeón del mundo.

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