Tres años después de asombrar al mundo con un subtítulo inesperado, la selección cubana regresó a la arena internacional en marzo de 2009 para la segunda edición del Clásico Mundial de Béisbol (WBC). Con un formato renovado de doble eliminación y una sede estratégicamente ubicada en el Foro Sol de la Ciudad de México –una decisión que evitó las tensiones políticas de Miami en las rondas iniciales–, el equipo de la Isla llegó con etiqueta de favorito que pesaba tanto como su historia.
Lo primero que saltó a la vista de analistas y scouts fue la metamorfosis del roster cubano. Atrás quedó la estructura de 2006; el manager Higinio Vélez presentó una escuadra que combinaba la veteranía de figuras como Norge Luis Vera con la explosividad de una generación que, a la postre, cambiaría el panorama del beisbol profesional.
En los jardines, los nombres de Yoenis Céspedes y Alfredo Despaigne comenzaron a acaparar titulares. Eran jóvenes atléticos, con un swing al nivel de las Grandes Ligas, flanqueados por el talento de Héctor Olivera en la segunda base y Alexander Malleta en la inicial. El pitcheo también presumía de profundidad, con la inclusión de un jovencísimo y veloz Aroldis Chapman e Ismel Jiménez.
El domingo 8 de marzo Cuba inició su andadura frente a Sudáfrica. Aunque el rival no representaba una amenaza de primer nivel, el partido sirvió para enviar un mensaje de fuerza. La victoria de 8-1 fue un monólogo ofensivo que comenzó temprano.
Frederich Cepeda, reafirmándose como uno de los bateadores más oportunos en la historia de estos torneos, conectó un cuadrangular en la misma primera entrada ante Barry Armitage.
En el segundo acto, el «Caballo de los Caballos» Despaigne ratificó su jerarquía al despachar una línea sólida por la banda derecha con un corredor a bordo. Fue el primer aviso de lo que se convertiría en un récord histórico: el inicio de su cuenta personal como el máximo jonronero en la historia del certamen. Para la tercera entrada, Cepeda volvió a desaparecer la pelota, esta vez por el derecho, sellando una marca de tres jonrones en tres turnos seguidos en el WBC, un hito que subrayó su estatus de leyenda.
Tras superar la fase de grupos en México con relativa facilidad –incluyendo una contundente victoria por nocao sobre los locales–, Cuba viajó a San Diego para la segunda ronda. Allí, la historia tomó un matiz diferente.
El sistema de doble eliminación puso a Cuba frente a frente con su némesis contemporánea: Japón. En un duelo de estrategias y pitcheo milimétrico, los bates cubanos, que habían lucido feroces en la altura de Ciudad de México, se silenciaron ante el control de los lanzadores nipones.
A pesar de una victoria intermedia contra México (7-4) que mantuvo vivas las esperanzas, el destino se decidió en un segundo choque contra los vigentes campeones. Cuba no pudo descifrar el pitcheo de Hisashi Iwakuma y compañía, cayendo con marcador de 5-0. Por primera vez en décadas, una selección nacional cubana quedaba fuera de las medallas en un evento de máxima envergadura.
La eliminación en 2009 marcó el fin de una era de dominio absoluto y el inicio de una transición compleja para nuestro beisbol. Sin embargo, aquel torneo en el Foro Sol quedó grabado en la memoria por la irrupción de figuras que hoy son íconos globales y por la maestría de un Frederich Cepeda quien, durante unos días en México, pareció no tener rival sobre la faz de la tierra.
Cuba se despidió de 2009, no con un trofeo, sino con la certeza de que el talento seguía ahí, aunque el mundo de la pelota comenzaba a moverse a una velocidad diferente.
EL ENIGMA HOLANDÉS EN 2013
El Clásico Mundial de Beisbol de 2013 quedó grabado en la memoria del aficionado cubano como un torneo de contrastes extremos. Fue una edición en la que la selección nacional demostró que podía silenciar estadios enteros con su poder de largometraje, pero también donde se evidenció que la táctica y la defensa de naciones emergentes se había convertido en un muro infranqueable para las aspiraciones del equipo.
El enfrentamiento contra Japón fue, quizá, el punto más alto del rendimiento cubano. Ante una afición local mayoritaria, Cuba desplegó un arsenal ofensivo que dejó boquiabiertos a los analistas.
El primer aviso llegó temprano, en la tercera entrada, cuando Yasmany Tomás descorchó un proyectil de 469 pies por el jardín izquierdo ante Kenji Otonari. Aquel vuelacercas no solo abrió el marcador, sino que se mantiene hasta hoy como el batazo más largo conectado por un cubano en la historia de estos certámenes.
La ofensiva no se amilanó ni siquiera ante el estelar Masahiro Tanaka. José Miguel Fernández y el eterno Cepeda se combinaron para fabricar la segunda carrera en el cuarto inning, castigando a un hombre quien, a pesar de recetar seis ponches en dos entradas, no pudo contener la agresividad antillana. La sentencia llegó en el octavo acto: Despaigne, con su característica fuerza, conectó un estacazo de 422 pies con dos hombres a bordo frente a Takeru Imamura, sellando un 6-0 que parecía definitivo.
Sin embargo, el noveno fue un recordatorio de la fragilidad del relevo. Tras un trabajo sólido de Norberto González, el bullpen se tambaleó. Raisel Iglesias y Darién Núñez permitieron que Japón llenara las bases y anotara tres veces. Tuvo que aparecer la experiencia de Vladimir García para apagar el incendio con un ponche salvador ante Ryoji Aikawa, rescatando un triunfo histórico pero con cierre de suspenso.
Sin embargo, el optimismo chocó de frente con la disciplina de los Países Bajos. A pesar del favoritismo histórico de Cuba, el conjunto europeo –que ya le había arrebatado el título mundial en 2011– demostró que le tenía tomada la medida al estilo caribeño.
La dirección cubana apostó por Ismel Jiménez para el inicio del choque, una decisión que generó debate inmediato. Holanda no tardó en capitalizar: Curt Smith sacudió un jonrón solitario en el segundo acto, y Andrelton Simmons amplió la ventaja tras una ejecución táctica de toque de bola de los holandeses, enviando un mensaje claro de que no iban a jugar al intercambio de golpes, sino al detalle.
Aunque Despaigne intentó la rebelión con un cuadrangular solitario ante el zurdo Diegomar Markwell, el lanzador europeo se convirtió en un enigma insoluble. Apoyado en una defensa magistral, Markwell anuló cualquier intento de rally. Un total de 12 jits de la Isla solo produjeron una carrera, víctimas de su propia ansiedad y de un guante holandés que parecía estar en todas partes.
En el sexto episodio, la «Naranja» puso el sello al partido, liderados por doble de Kalian Sams ante Freddy Asiel Álvarez. Fue el jaque mate técnico de un equipo holandés que, sin el brillo de los nombres individuales cubanos, demostró que el beisbol moderno se gana con defensa, control y una ejecución impecable en momentos de presión.
Luego, volvieron a perder, por el pase a los partidos cruciales en el AT&T Park de San Francisco, 7-6, en un choque en el que los europeos salieron de abajo y definieron con un fly de sacrificio.
Cuba se marchaba de aquellos encuentros con una lección agridulce: el poder de sus bates podía conquistar estadios, pero la inteligencia táctica del rival seguía como asignatura pendiente. Anclamos en la quinta posición, a las puertas de las semifinales.












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