ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Tomada de X

«Me rompe el corazón lo que ha ocurrido en Estados Unidos. Como país debemos centrarnos en respetar los derechos de todos y asegurarnos de que tratamos bien a nuestros ciudadanos», ha declarado el esquiador Chris Lillis, de ese país norteamericano, en los Juegos Olímpicos de Invierno, en Milán-Cortina d’Ampezzo, Italia. 

El clásico concluirá el 22 de este mes, con la participación de 2 871 competidores de 92 naciones, en ocho deportes, bajo el lema: «es tu vibra», una fiesta de la juventud que se ha visto marcada por la presencia de agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas estadounidense (ICE), lo que ha provocado manifestaciones de ciudadanos italianos. 

¿Qué hace una policía diseñada para ejecutar abusivas deportaciones, paseándose por un evento deportivo mundial? Cuando se confirmó que 45 de esos militares serían desplegados por la cita, está claro que su tarea no tiene que ver con la seguridad de los atletas, sino con el empleo del deporte para expandir el poder autoritario de la Casa Blanca.

El ice simboliza redadas, centros de detención, separación de familias y violencia institucional contra inmigrantes. Llevarlo a unos Juegos Olímpicos es exportar la ideología de imponer la fuerza para lograr un objetivo, no un protocolo de seguridad, afirma el sitio Spanish Revolution.

La reacción de Italia fue inmediata. El alcalde de Milán, Giuseppe Sala, afirmó que no quería recibir en su ciudad «una milicia que mata», refiriéndose a los asesinatos, durante las protestas en Mineápolis, de Renee Good (madre de tres hijos) y el enfermero Alex Pretti, ambos de 37 años de edad. 

El Gobierno de EE. UU. asume los grandes certámenes deportivos como herramientas de interés nacional; no se trata de proteger a una delegación, sino de «proyectar poder, normalizar una agenda y reafirmar hegemonía», expresó el politólogo Timothy Sisk, especialista en deportes y relaciones internacionales.  

En fin, asistimos al uso del deporte como diplomacia cultural al servicio de un reordenamiento global, en el que la Casa Blanca quiere hacer predominar su mensaje: estamos aquí, mandamos aquí.

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