Solo las miradas del corazón iluminan nuestras verdades. Recordé la enseñanza de El Principito frente a Sheyla Hernández, la subcampeona mundial y paralímpica del judo para competidores con debilidad visual, quien, en el Centro de Alto Rendimiento Cerro Pelado, todavía con el sudor como huella del esfuerzo en el tatami, le habló a Granma.
Aunque incursionó en varios deportes, vistió judogui desde los 11 años, gracias al árbitro y profesor Rafael Cámbar. Tras las clases en la primaria Loynaz Hechavarría, la llevaba a los entrenamientos sobre el césped, en los cuales aprendió las principales técnicas.
«Cuando vencí en un provincial Pioneril, y concluí segunda en un torneo celebrado en la Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE), me promovieron a esa institución, sin el tránsito por escalones inferiores.
«Nunca me adapté a la beca: recibía a diario las visitas de mi mamá o partía para mi casa. Además, valoré la posibilidad de renunciar por mi mal debut en Juegos Escolares, pero Miguel Esquivel me acogió con 13 años, cuando él atendía la categoría 15-16 y me brindó su aliento.
«Conquisté plata en mis siguientes Escolares, y me impuse en la categoría 15-16. Ingresé en la Escuela Superior de Formación de Atletas de Alto Rendimiento Cerro Pelado, en la división de 78 kilogramos, colmada de figuras talentosas como Kaliema Antomarchi. Luego de una operación en un codo, alcancé el segundo puesto en el nacional juvenil.
«Fui baja por mis resultados, pero la preparadora del judo paralímpico, Ibis Dueñas, me llevó a las pruebas para determinar si mi discapacidad visual encajaba dentro de alguna clasificación médico-funcional establecida por la Federación Internacional de Deportes para Ciegos. Pasé un año sin ser matrícula del centro, con el respaldo de mi pareja y compañero en el tatami, Yordanis Fernández».
Desde la EIDE Sheyla notó la distrofia congénita de sus ojos, agudizada en la capital del país, al punto de impedirle distinguir las palabras en las pizarras de la docencia. A pesar de esas dificultades, culminó la licenciatura en Cultura Física, y se inscribió en la cima del planeta.
Con énfasis en la defensa y en la fuerza de los brazos para el agarre constante, la holguinera afrontó su nuevo reto. «Comencé en +70 kg –pesaba 91– y, con una estricta dieta, me bajaron hasta la división de 70, durante la pandemia.
«En 2021 asistí al Grand Prix de Bakú, sin oportunidad de combatir por falta de clasificación, pero la obtuve allí, como b2 (en la actualidad j2). Debuté en un certamen similar con sede en Warwick, Gran Bretaña, celebrado en junio. Si subía al podio, tenía opciones de estar en los Paralímpicos de Tokio, pero en la segunda salida, contra una mexicana, se me desmontó la rodilla derecha.
«Me operaron por mínimo acceso, el 3 de marzo de 2022. Tras meses dedicados a la rehabilitación y al fortalecimiento, regresé en agosto, a fin de alistarme rumbo al Mundial de Bakú, pactado en noviembre, pero a 20 días sufrí otra lesión en la misma rodilla.
«Nos volvimos locos mi entrenadora, el médico y yo ante la hinchazón, el líquido y la sangre. Me traté mañana y tarde, me alejé del tatami casi dos semanas, y solo pude recuperarme a medias. Quede bloqueada, lloraba y clamaba: “¿Hasta cuándo?”. La sicóloga Anelín desempeñó un papel clave.
«De vuelta a los más de 70 kilos, en la cita del orbe derribé a una británica y a una francesa, antes de caer frente a la italiana Carolina Costa, la única rival de élite invicta en los duelos individuales conmigo. También me eligieron para un conjunto conformado por judocas de varias naciones, en una lid por equipos, y decidí el bronce».
En diciembre sumó otra de plata, en el Panamericano del deporte, en Edmonton; allí perdió en la final, frente a la brasileña Rebeca Silva. Con balance de dos derrotas ante ella, tomó desquite en las semifinales de los juegos continentales de Santiago-2023, paso decisivo para la coronación en esa justa multidisciplinaria.
En aquella jornada chilena, la alegría se multiplicó, pues su esposo Yordanis (+90 kg) también abrazó la gloria. «Mi final antecedió a la suya, salí corriendo para la zona mixta, le pedí a los periodistas esperar un momento, y en una pantalla disfruté de su título.
«En París-2024 soñábamos repetir la hazaña de conquistar una presea cada uno, pero a él le retiraron la validación médica, lo que me afectó muchísimo. Prometí hacerlo por los dos y cumplí, con la medalla cien de Cuba en la historia de los Juegos, y la primera de una mujer holguinera».
A ella le resulta casi imposible reconocer los rostros, pero nosotros ya grabamos el suyo, que aún nos deslumbrará por mucho tiempo, como la luz en el combate por la vida.






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