En estos días de alegría, tras un año de mucho esfuerzo, pero también de victorias, en el cual nos reunimos en familia para celebrar el advenimiento de este 2025, siempre afloran recuerdos y anécdotas.
Nos llegan esas reminiscencias desde el ámbito del periodismo deportivo, y también de la narración de los sucesos competitivos más importantes, nacionales o internacionales. Por eso en casa, recordaba, con carcajadas a pierna suelta, a un involvidable maestro de la locución, pero también de la letra impresa. José Antonio Salamanca –para la afición, su familia y sus compañeros, simplemente Bobby– siempre estará presente en cualquier tertulia de cubanía.
Nacido en la narración deportiva a finales de la década de los 40 del siglo pasado, en un show radial de participación que animaba el carismático Germán Pinelli, después de dos oportunidades fallidas, como cantante del tema Granada, y un segundo intento perdido al declamar el poema El Duelo, su perseverancia lo condujo al éxito. En una tercera prueba, narró un imaginario desafío entre el lanzador Conrado Marrero, del club Almendares, y el bateador del Habana, Perucho Formental.
Lo conocí cuando vino a laborar a Granma. Yo era entonces un recién graduado de Periodismo que comenzaba en la Redacción Deportiva. Asombrado por su presencia, y por el privilegio de tenerlo a mi lado, solo se me ocurrió preguntarle que si siempre vestía de traje para ir a trabajar. Con su habitual humor, respondió: «Me pongo la levita para que la gente imagine que tengo dinero, pero la uso, precisamente, cuando no me queda un kilo en el bolsillo».
Manolo Cabalé, reconocido periodista y uno de los más avezados especialistas en el boxeo, perdía los estribos ante Bobby, cuando este le vencía en los torneos de ajedrez organizados en el periódico. No pretendió nunca herir a sus compañeros, pero no tenía tregua ideando bromas. Pero algunas de ellas exasperaban al cronista del pugilismo, quien llegó a decirle: «Oye, Bobby, pieza tocada es pieza jugada».
Imitó, en televisión, al cantante francés Charles Aznavour; resolvía, en segundos, cómo armar un cubo de Rubik y poseía una inteligencia natural, fruto de una preparación autodidacta, con la cual asumía lo mismo la descripción de un juego de pelota que una revista de un espectáculo artístico.
Esa versatilidad, y su sincera y diáfana manera de conquistar a quien lo escuchaba, le hicieron muy popular. Pero en nada brilló más que en su imaginación para narrar el beisbol, del cual era un ferviente apasionado. Le puso un sello cultural a sus narraciones, al saberlo parte de la identidad del cubano, y lo amalgamó con otra de nuestras raíces, la producción de azúcar.
De ese ingenio salieron frases que han quedado en el vocabulario de la narración deportiva, como aquella de «¡Azúcar, abanicando!», cuando el bateador se ponchaba tirándole; o «tres golpes de mocha y lo tiró para la tonga», a fin de describir la audacia del lanzador al retirar por la vía de los strikes a su adversario. Cómo olvidar «caña fresca y limpia al central», cada vez que un bateador lograba un jit por el medio del terreno, o la mítica «adiós, Lolita de mi vida», para contarnos un jonrón.
No se es famoso solo por dinero, que él mismo dijo que no tenía; tampoco por ser un gran profesional, como él lo era; sino por el cariño que se gana en su gente.
Roberto Pacheco, con quien compartió la cabina de narración de Radio Rebelde, lo invitó a que fuera a la boda de la hija de un vecino suyo. Bobby le dijo que no conocía a esa familia, que cómo iba a aparecerse allí, así no más. Pacheco insistió, y esa noche, después del trabajo, me involucró en aquella aventura montados en su vetusto Chevrolet de 1958, de dos puertas. Ambos nos quedamos petrificados a la entrada del largo pasillo donde festejaban el himeneo. Salió risueño el padre de la novia y le dijo, en tono amistoso: «Usted es de la casa, no necesita ser invitado».






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