ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Luis Zayas le regaló al beisbol su alegría y compromiso. Foto: Ricardo López Hevia

Volaba sobre las almohadillas, y la distancia de home a primera la cubría en 3,6 segundos. En la pelota profesional de México se llevó tres títulos de robador de bases. Su velocidad le permitía llegar cómodamente a los batazos en la amplia pradera central, y también lo agarraba todo en la segunda base.

Esas dotes las mostró como pelotero profesional en Cuba, en los equipos de La Habana y Cienfuegos. Se desempeñó en la Liga Mexicana, tuvo una incursión en Nicaragua, y también pasó cinco años en Estados Unidos, en ligas menores. Fue uno de los integrantes de los míticos Cuba Sugar King, equipo con el que promedió para 219, con 23 carreras anotadas, 26 impulsadas y 50 imparables, entre ellos ocho dobles, cuatro triples y tres cuadrangulares.

«En aquel tiempo, o eras pelotero, boxeador o político. A mí me encantaba, y me encanta la pelota. La política no me gustaba nada, sobre todo porque estaba muy lejos de mí, un negrito huérfano de madre, nacido en Lawton, no en Miramar, y para colmo hijo de otro negro, que era albañil», me dijo, hace unos años, en una de esas interminables charlas, que rebosaba con picaresca sonrisa.

Recuerdo entonces que le dije que fue a buscar dinero. «Claro que sí, pero hubiera preferido menos sacrificios: No separarme de mi familia, de mis hermanos. Yo tuve que sudarla duro, quería superarme, pero tuve que dejar los estudios muy temprano para ayudar al viejo. Fue triste irme de la escuela 105, en la cual, por cierto, era alumno Camilo Cienfuegos».

Luis Zayas, bailador de estilo, con un sentido del humor que lo rodeaba de muchos amigos y de gran fidelidad y compromiso con el beisbol y el deporte de su país, seguirá en el diamante beisbolero, porque allí jamás dejará de brillar, aunque ayer se haya despedido del mundo de los vivos, a los 87 años.

Sentados en su casa, a solo unos metros del mayor templo del beisbol cubano, el estadio Latinoamericano, en la barriada del Cerro, que tiembla ante el sismo de las gradas del coloso, nos confesó, en marzo pasado, algunos pasajes de su paso por la pelota estadounidense. «Jugábamos muy cerca de Little Rock, donde ahorcaban a los negros; viajaba en la parte trasera de la guagua y comía en las cocinas». En 1961, jugando en México, a Luis Tiant y a mí nos dieron la posibilidad de jugar en Estados Unidos, con los Indios de Cleveland. Dijeron que teníamos que vivir fuera de Cuba para poder hacer el equipo. Tiant dijo que sí, yo regresé a Cuba».

Nos contó que «fue muy difícil enterarme, en un terreno de pelota de Estados Unidos, del ataque a Playa Girón, en 1961. Y me pregunté: ¡qué hago yo aquí! En México supe de la victoria, y aquí estoy».

Y estará por siempre, con su inseparable tabaco en los labios; con la impronta de habernos regalado su larga vida, para saberlo miembro de la Comisión Nacional de beisbol, comisionado de softbol, labor con la cual impulsó hasta los planos estelares a ese deporte; y saberlo, hasta ayer, el último cubano vivo, residente en la Mayor de las Antillas, con experiencia en la Liga Profesional Cubana.

La vida nos pone out a todos, pero Zayita se robará home, para que mañana lo sigamos viendo en el estadio.

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