ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Con narrativa épica, como quien camina por el mundo con buenas intenciones, puede escucharse el discurso de los distintos gobiernos estadounidenses, cargado de cinismo y doble rasero.

Bajo pretextos que van desde la «protección» de intereses económicos de un pueblo hasta el supuesto apoyo a la libertad o la democracia, la Casa Blanca  puja por influir en los asuntos políticos, económicos y sociales de los distintos países de América Latina y el Caribe.

Aunque meter las narices en lo que no le compete es regla del imperio, el exagente de la cia, Roniel Aledo, confirmó recientemente el injerencismo estadounidense en el territorio boliviano y, al mismo tiempo, el modus operandi de Estados Unidos.

Por medio de una grabación en la red social Tik Tok, Aledo instaba a la subversión a través de instrucciones, con etapas específicas, para lograr el derrocamiento del Gobierno de Bolivia (o de cualquier otro que implemente una revolución ajena a la voluntad yanqui).

La potencia del Norte «organiza ese tipo de golpes, son maestros perpetrando golpes suaves, revoluciones de colores» alegó el exagente, quien explicaba que estos golpes blandos –como también se le denominan– tienen como fin «derribar un Gobierno por la fuerza».

En el caso de Bolivia, el «plan maestro» fue desplegado con acciones dirigidas a que el pueblo se queje «por lo que sea», que resalte «lo malo que es el Gobierno», para después «calentar las calles» con protestas, bloquearlas, parar fábricas, tomar tiendas e implantar la violencia general, provocando que la economía no funcione y sea más sencillo el camino hacia la toma del poder.

Añade que la única vía que solucionaría esa situación sería la retirada del gobierno y la toma de posesión del personaje elegido por la oposición. ¿Y después…? Caos total, crisis social.

Violencia, represión, desapariciones, asesinatos, violaciones de los derechos humanos y censura son algunas de las técnicas impuestas a las naciones que viven las consecuencias de la intromisión estadounidense.

La historia lo ha dejado claro en países como Chile, con Augusto Pinochet (1974-1990); Argentina, con Jorge Rafael Videla (1976-1981); Paraguay, con Alfredo Stroessner (1954-1989); Bolivia, con Hugo Banzer (1971-1978); Nicaragua, con la familia Somoza (1934-1979); Guatemala, con Carlos Castillo Armas (1954-1957); y Cuba, con Fulgencio Batista (1952-1959), por solo mencionar algunos ejemplos de este continente.

En el presente año hemos visto –reiteradamente– la mano de la administración estadounidense detrás de maniobras que tienen el fin de lograr un cambio de sistema social en países enfrentados a objetivos estratégicos de Washington.

Están los sucesos ocurridos tras las elecciones de Venezuela, cuando incitaron al no reconocimiento de la victoria de Nicolás Maduro ni al cne como autoridad electoral, al tiempo que financiaron, a través de ong, acciones violentas contra el Gobierno bolivariano.

Y está el ejemplo de Honduras, donde la presidenta Xiomara Castro denunció la gestación de un golpe en el contexto del aumento de las tensiones con EE. UU., al ser cancelado el tratado de extradición con este país.

Para EE. UU. el fin sí justifica los medios; por eso sembrar el caos se ha vuelto tan repetitivo en el menú que prepara para quienes comparten la extensa tierra americana con él; sobre todo para el sur, donde les funciona mejor la existencia de sociedades disfuncionales y desunidas que pueblos con autonomía, fuerza e ideales de independencia.

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