En este andar por la ruta olímpica llegamos a San Luis, la ciudad estadounidense que acogió los III Juegos y, como su antecesora París, iba a asociarse a un Feria Expositiva Mundial. Cuando paramos en la Ciudad Luz, habíamos dicho que la hazaña del esgrimista Ramón Fonst, campeón en la convocatoria parisina, en espada, y medallista de plata con esa misma arma, en el apartado de profesionales y amateurs, se desbordaría cuatro años después.
Para 1904, la cita bajo los cinco aros cruzó el Atlántico por primera vez, y ese inmenso mar impidió, entonces, una gran participación. Solo 651 deportistas, con únicamente seis mujeres, de 12 países, intervinieron en la reunión multideportiva. Sin embargo, en ella Fonst le dejaría una proeza, inédita hasta hoy, a la esgrima mundial.
Allí, hace 120 años, el hijo de Filiberto y de Juana ganó tres medallas de oro, lo que ya sería más que suficiente para que la gesta fuera excelsa. Pero lo realmente épico es que, en 24 enfrentamientos, no recibió un solo toque. Es un récord mundial y olímpico, pues no existen registros similares ni en citas del orbe ni en estas justas cuatrienales que le debemos a su restaurador, el barón Pierre de Coubertin.
La alta especialización de la esgrima, y los avances supersónicos de la tecnología en este deporte, hacen que las competencias sean cada vez más reñidas y de más nivel, por lo que es difícil que algo así se repita. Tal vez solo resucitándolo podríamos pensar de nuevo en un suceso tan extraordinario, y es tan escabroso que ni siquiera él, con esa divina probabilidad, sería capaz de reeditar.
Cuando todavía no existían las armas eléctricas, sino que se entintaba la punta del botón del arma, se veían en el traje los puntos marcados, «pero el de Ramón Fonst, al finalizar la competencia, siempre terminaba inmaculado», escribió la colega Irene Forbes, en la biografía del primer campeón olímpico cubano y de Latinoamérica y el Caribe.
Ramón Fonst Segundo, que no era segundo de nadie ni en nada, fue un deportista en toda la magnitud de sus casi dos metros de estatura. Practicó el tiro, las artes marciales (boxeo francés) y el ciclismo. Llegó a ganar 64 preseas doradas en lides de esas modalidades, 44 de ellas disparando.
De gran vocación martiana, la que debió a su padre, que nunca dejó de apoyar las causas independentistas cubanas, al triunfo de la Revolución, Fonst fue tesorero de la Dirección General de Deportes, y en 1959 se desempeñó como asesor del Departamento de Educación Física y Deportes del Ministerio de Educación, hasta su fallecimiento, el 10 de septiembre de ese año. Antes fue Presidente del Comité Olímpico Cubano, entre 1941 y 1946.
Un compatriota suyo también fue noticia en San Luis-1904. Félix Carvajal, el Andarín, quien debió ganar la carrera de maratón, si no fuera por el hambre vieja que tenía.
Cartero, anunciador y vendedor de lo que se encontraba, y de frutos menores que cultivaba en su casa, bajo el puente de La Lisa, probó su resistencia en la carrera de maratón. Al no recibir ayuda del Gobierno para ir a los Juegos, una colecta popular llenó su aspiración.
Dominó los primeros 20 de los 42 kilómetros, pero un campo de manzanas le puso la roja, se comió algunas, y los cólicos lo paralizaron. Aun así, llegó en cuarto lugar, con lo que rubricó otra gran hazaña.
Para la ciudad estadounidense y para el mundo fue denigrante que los Juegos se marcaran con la despreciable tinta de la segregación racial, con el llamado Día Antropológico, que mostró a los espectadores a personas de razas supuestamente inferiores, en eventos paralelos sin registro oficial. Coubertin no los presenció, y los calificó de espectáculo bochornoso.
En cambio, desde San Luis-1904, a los ganadores de los tres primeros lugares se les entregan medallas de oro, de plata y de bronce.







COMENTAR
Responder comentario