No es una cábala, pero funciona. Hoy quedan cien días para que París hospede al mundo en la 33 versión de los Juegos Olímpicos. Lo hace por tercera vez, justamente, en el centenario de la segunda vez que fue sede de estas citas.
Hace también una centena de años, en la misma Ciudad Luz, que se estrenó el lema «Citius, Altius, Fortius» (más rápido, más alto, más fuerte), en el que su autor, el padre Henri Didon –gran amigo del restaurador de este escenario, Pierre de Coubertin–, no llamó a que se fuera más veloz, se saltaran alturas insospechadas, o se levantara más peso. La frase es una convocatoria a los atletas a que se esfuercen por la excelencia personal en todo lo que hacen.
En 2021, el Comité Olímpico Internacional (COI) agregó, con el mismo espíritu, la palabra Juntos, para que la juventud mundial, unida, buscará el mismo fin. La centuria es el motivo de esta columna, que pretende recorrer el apasionante sendero de los cinco aros.
Si se habla de pasión, a la del Barón de Coubertin le debemos las que se han vivido hace ya 128 años. Él le devolvió al mundo, en la era moderna, los Juegos Olímpicos, al traerlos desde el mundo helénico hasta el siglo XIX, después de 1 503 años.
Se especializó en Pedagogía, Filosofía e Historia, negándose a la carrera militar que prefería para él su padre; a pesar de su viaje a Inglaterra, donde quedó impresionado por la escuela de rugby de Thomas Arnold y por la importancia que, en ese país, se le daba a la actividad física; y de estudiar, hasta idolatrar, el mundo de la antigua Grecia y sus Juegos, tuvo que sortear no pocos obstáculos.
Su idea de retomar los Juegos Olímpicos era vista como utópica e irrealizable. Quienes se le oponían no entendían al deporte capaz de ser un medio de unión fraternal entre los pueblos. Sin embargo, perseveró en aquel congreso llamado olímpico, entre el 16 y el 24 de junio, en la Sorbona, ante 78 delegados de 13 naciones, y sacó de allí la fundación del COI.
A propuesta suya, fue elegido su primer presidente, el griego Demetrius Vikelas; logró que regresaran los Juegos y que, a diferencia de la antigüedad, no tuvieran una sola sede, como lo fue entonces Olimpia, en pos de alcanzar una verdadera internacionalización de estos. Pero sí mantuvo su periodicidad: cada cuatro años.
Así respondía a su respeto por el ámbito helénico, cuyos calendarios emplearon el sistema de datación que usaban los antiguos griegos, pautados por el intervalo de cuatro años que mediaba con la celebración de los Juegos Olímpicos. Por eso es que, aunque la Real Academia Española de la Lengua acepta el término olimpiada en calidad de sinónimo de Juegos Olímpicos, no son lo mismo.
La Carta Olímpica, que rige los destinos del olimpismo, dice, en la Regla 6, que Juegos Olímpicos y Olimpiada no son lo mismo. En el inciso uno se expone: «Una Olimpiada es un periodo de cuatro años calendario consecutivos, iniciando el 1ro. de enero del primer año y terminando el 31 de diciembre del cuarto año»; y en el dos, que las Olimpiadas son numeradas consecutivamente desde los primeros Juegos de la Olimpiada celebrados en Atenas en 1896. Es decir, los de París-2024 serán los Juegos de la 33 Olimpiada de la Era Moderna.
Sus sentimientos por la Grecia Antigua, llevaron a Coubertin a restaurar los Juegos a imagen y semejanza de aquellos que duraron casi 12 siglos, del 776 antes de Cristo al 393 después de Cristo. Por ejemplo, en los primeros, no se permitía la participación de la mujer, y los que iniciaron, en 1896, en Atenas, tampoco las tuvieron a ellas.
En los ii Juegos, en París-1900, llegaron las chicas a los cinco aros. El pedagogo, filósofo e historiador ha de reconocerse no solo por el mérito de que vivamos los Juegos Olímpicos, sino por su objetivo supremo: establecer un programa educativo que contemplara la educación física en la formación integral de los estudiantes.






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