Al conocer del fallecimiento de Violeta Quesada, el pasado domingo, lo primero que vino a mi mente no fue su medalla de plata en los Juegos Olímpicos de México-1968, junto a las grandes Miguelina Cobián, Marlene Elejalde y Fulgencia Romay, como parte del relevo 4x100 metros. Aquel lauro fue el primero de la mujer de la Mayor de las Antillas bajo los cinco aros.
Mis pensamientos viajaron 24 años atrás, cuando en una mañana llegó a un capitalino Combinado Deportivo en el que hacíamos la Educación Física. Se presentó como la maestra de la asignatura. Nadie advirtió de su grandeza, a pesar de que varios éramos seguidores de cuanto evento deportivo se realizaba, y teníamos conocimiento de los nombres de no pocos de nuestros medallistas olímpicos y mundiales.
En una época en la que el acceso a internet daba sus primeros pasos en Cuba, no podíamos descifrar quién era esa mujer jovial, cariñosa, pero exigente en la práctica de los ejercicios que nos indicaba.
No recuerdo quién descubrió, semanas después, a la campeona. Pero sí tengo vivas las imágenes de lo que sucedió tras saberse el secreto. No hubo clases ese día, nos agolpamos a su alrededor para que nos contara. Ella sonreía, pero no habló de sus logros. Quería dar la clase, pero se lo impedimos; tenía que hablarle a un grupo de jóvenes que no creíamos tener delante a semejante gloria deportiva.
Fue nuestra por todo un curso escolar. Le preguntábamos por la vida de los deportistas, por lo que sentía al ganar una medalla, por quién era mejor en determinado deporte. A veces no la dejábamos respirar
Este 24 de marzo, cuando conocí de su deceso, no dejé de pensarla y quererla así, como la profe de Educación Física, quien le dio a sus alumnos y a Cuba aquella histórica medalla de plata.






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