Solo unos días antes de una fecha como la de mañana, hace ya 75 años, él recorrió toda la periferia de La Habana, junto a un corredor argentino, de apellido Guerrero. Cuenta Ciro Bianchi que terminaron en el entonces estadio del Cerro, hoy Latinoamericano, al que le dieron varias vueltas, antes de iniciar el juego de pelota.
Ya entonces estaba enfermo, además de padecer de intensos dolores provocados por una hernia inguinal que no dejaba de azotarlo. Cuando concluyó la última vuelta, declaró que había hecho tal hazaña, a sus 82 años, porque había dado su palabra, y para que todos pudieran ver que él todavía corría.
Tenía una capacidad asombrosa para devorar kilómetros, pero lo que la hacía todo un boom, es que esta era innata; jamás tuvo un programa de preparación que lo dotara de esa cualidad. Lo más parecido eran las demandas de su trabajo de cartero, trasladándose a toda velocidad y a cualquier distancia, para que la correspondencia llegara temprano.
A los 14 años, en el parque de San Antonio de los Baños, donde pasó su infancia, aunque nació en La Habana, en Águila y San Lázaro, en 1867, retó al maratonista español Mariano Bielsa, quien presumía de su resistencia. La lid era sencilla, el que primero se detuviera sería el derrotado. Los dos no paraban, pero a las cinco horas, el ibérico no pudo más. Él siguió por otras dos.
Félix Carvajal Soto, o simplemente el Andarín –sobrenombre que se ganó por sus inacabables carreras, en disímiles oficios, entre ellos el que lo registró en la historia como correo de los mambises–, no pasaba de los 152 centímetros de estatura. Su complexión física era menuda, pues el hambre y la pobreza fueron sus sempiternas compañeras.
Pero fue un gigante. En 1904 corrió como un loco para recaudar fondos con los cuales embarcarse hasta la ciudad estadounidense de San Luis. Pasó bajito el cepillo y lo consiguió. Un barco lo puso en Nueva Orleans, y desde allí se lanzó, por 1 200 kilómetros, hasta San Luis, para llegar justo a inscribirse en la arrancada de la maratón de los iii Juegos Olímpicos.
Iba delante hasta la mitad del trayecto de 42 kilómetros y 195 metros, cuando el hambre lo apretó. Vio unas manzanas y se hartó. Minutos después los retorcijones de estómago lo detuvieron, obligándolo a salir del trazado, preso de un ataque diarreico. Lloró como un niño, se reincorporó, y obtuvo el cuarto puesto, fue uno de los 14 de los 32 inscritos que pasaron la meta. Solo él no era ni estadounidense ni inglés o griego. Era el único pobre.
En 1906, Atenas pretendió, por el décimo aniversario de los i Juegos, ser sede nuevamente, aunque el Comité Olímpico Internacional no lo permitió. El Andarín, ante la nueva negativa estatal, pasó el sombrero y se fue a la capital griega, para participar en un evento múltiple, pero al llegar, ya se había corrido la maratón. Como hizo en 1904, cuando también ganó varias carreras, se quedó por Europa y venció en muchas de ellas. Las dos veces regresó lleno de gloria, y tan o más pobre que cuando partió.
Cuenta Ciro Bianchi que, debajo del puente de La Lisa, donde vivía en una pequeña parcela, la vaca de un vecino le arruinó sus sembrados. Él, que era un malgenioso, se encabritó, sin aceptar disculpas, y ahí mismo se desplomó, hace 75 años. Si el Andarín hubiera nacido en su misma Cuba, pero en otra época, no hay duda de que tendría lo que se ganó: el laurel olímpico.






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Rafael Emilio Cervantes Martínez dijo:
1
27 de enero de 2024
17:35:29
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