No había una historia relevante vinculada al dorsal 56 en los clásicos beisboleros cubanos, hasta que apareció Carlos Alberto Tabares Padilla. Durante 25 años vistió la franela azul de Industriales con ese número en la espalda, y ahora, ya retirado, busca enriquecer su legado en los banquillos.
«Cuando me sacaron de la preselección juvenil a finales de los 80, yo no quería saber nada de la pelota, así se lo dije a mis padres. Pero me habían regalado una camiseta con el 56 y al cabo de los días, luego de mucha reflexión, me senté de nuevo con mi familia y les prometí que con ese número sería grande», rememora Tabares, uno de los jugadores más carismáticos y espectaculares de nuestras series nacionales en las dos últimas décadas.
Defendiendo la pradera central acaparó titulares por su enorme cobertura, exquisito desplazamiento, sentido de la ubicación y velocidad de reacción, virtudes que le permitieron capturar cuanta bola viajaba a los jardines. Sus fildeos contra las cercas, las carreras endemoniadas hacia cualquier punto del campo y sus atrapadas imposibles permanecen en la retina del aficionado beisbolero como el tesoro más preciado.
Si le preguntas cuál es la fórmula para mantenerse durante tanto tiempo en la élite, Tabares responde con modestia y nos cuenta que todo se debe al trabajo y al entrenamiento. Sin embargo, más allá de la constancia, imprescindible en el deporte de alto rendimiento, el talento natural siempre fue palpable en este hombre de béisbol que triunfó bajo la mirada del exigente público industrialista.
«Es muy complicado imponerse en Industriales, siempre hay que estar a full porque coinciden muchas estrellas y si bajas el ritmo te puedes quedar fuera de la alineación. Yo debuté en 1992 y tenía por delante gente con experiencia, pero encontré el hueco con mucha entrega, jugando al límite, tanto que me lesioné un montón de veces por chocar contra las cercas o torcerme el tobillo en deslizamientos», explica en diálogo con nuestro diario.
Pero Tabares se adaptó rápidamente a la presión capitalina y combinó su magia defensiva con la oportunidad madero en ristre. «Siempre me sentí cómodo con hombres en base, me gustaba estar en el centro de atención e impulsar las carreras importantes en partidos importantes. Me fijé en el temple de Javier Méndez, mi pelotero, y en la agresividad de Víctor Mesa».
Gracias a esa sangre fría, tuvo un peso determinante en los cinco títulos que ganó con los Leones, de los cuales guarda uno especialmente. «Fui campeón con Pedro Medina en 1996, después tres veces con Rey Vicente Anglada y en la Serie 49 con Germán Mesa. De todos esos me quedo con el del récord de 66 victorias, en el 2003, pues meses antes del triunfo mi padre había fallecido, el 27 de marzo. En el último juego de la final conecté jonrón y se lo dediqué, levantando por primera vez las manos al cielo. Ese trofeo tuvo un sabor especial para todo el equipo, pues ellos compartieron mi dolor», recuerda Tabares, relevante también por sus lauros internacionales.
«Debuté en el Cuba muy joven, en Holanda, con 22 años. Pero mis primeras experiencias grandes fueron en el Mundial de Italia y los Centroamericanos de Maracaibo, en 1998; bateé como 370 entre los dos. Después estuve hasta el 2003 separado de los equipos nacionales, sin que nadie me explicara por qué, hasta hoy nadie me ha dado una razón.
«Yo seguí jugando y regresé en los Panamericanos de Santo Domingo y el Mundial de La Habana. Después vinieron las Olimpiadas de Atenas y el Clásico del 2006, las vivencias más espectaculares, por rendimiento, por los compañeros, por los resultados. Es una sensación indescriptible, más cuando me habían desplazado y logré ganarme un puesto otra vez gracias a mi esfuerzo», espeta el patrullero.
Luego de tantas campañas en la cúspide, cuesta encontrar el momento preciso para colgar los spikes, pero Tabares, desde hace bastante tiempo, visualizó el fin de su carrera. «Con 40 años me percaté de que el cierre redondo sería en la Serie 56, por el significado que tiene ese número para mí. Le dije a Javier Méndez que quería retirarme como empecé, en el jardín central, no pasar al izquierdo o a otra posición, algo que a veces le sucede a los patrulleros más veteranos. Lo más importante era que quedara una imagen positiva y, aunque no clasificamos, desde el punto de vista individual siento que fue una buena despedida.
«Ya retirado, pienso que puedo hacer de todo en el béisbol. Ahora estoy aprendiendo con Víctor Mesa y me gustaría trabajar con niños, porque la base es muy importante en el futuro de nuestra pelota. Quisiera también dirigir, pero solo cuando adquiera conocimientos suficientes, sin precipitarme».






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Andris Serrano Suárez dijo:
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17 de agosto de 2017
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Jaime dijo:
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