Cuando el embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, definió el bloqueo como «un cerco de buques militares alrededor de una isla» para concluir, con aire de suficiencia, que «eso no existe», estaba ejecutando el viejo truco de negar el incendio mientras se sostiene la antorcha.
El diplomático, que llegó al podio del organismo multilateral a pedir votos contra la resolución cubana, olvidó un detalle que cualquier escolar de esta Isla conoce: las guerras del siglo XXI no siempre se libran con flotas frente a la costa de un país.
A veces se intentan ganar –aunque no lo consigan– con la asfixia silenciosa de un contrato que no llega, de un medicamento que se retrasa, de un buque petrolero que no puede atracar porque el miedo a las represalias financieras.
Waltz eligió la definición más estrecha y conveniente. Si el bloqueo fuera solo un anillo de acorazados, Cuba tendría setenta años de tranquilidad marítima. Pero la realidad que se vive en los hospitales, en las fábricas, en las escuelas, en el andar cotidiano de cualquier cubano no se rige por el diccionario del Departamento de Estado.
En el período 2025-2026, los daños acumulados por el bloqueo ascendieron a 8 083,3 millones de dólares, una cifra récord.
Detrás de cada dólar hay una historia que el representante norteamericano prefiere no escuchar: el marcapasos que no se pudo importar a tiempo, la materia prima que nunca llegó a la fábrica, el niño que espera un medicamento que existe en cualquier farmacia del mundo.
El embajador de Estados Unidos, en su afán por desmontar lo que llamó «una mentira absoluta», exhibió el dato de que empresas estadounidenses exportaron a Cuba más de 876 millones de dólares en ocho meses. Lo dijo como quien muestra una prueba de generosidad. Pero omitió la letra pequeña: esas ventas son posibles solo bajo licencias excepcionales, en sectores específicos y con un entramado burocrático que desalienta a cualquiera que no tenga la paciencia de un monje o el respaldo de un gigante corporativo. No es comercio libre; es un permiso revocable que pende de un hilo político.

La escena en la Asamblea General terminó de retratarlo. Cuando el canciller Bruno Rodríguez interrumpió para llamarlo al orden, Waltz respondió con una afirmación de territorialidad que sonó más a pataleta que a argumento: «Estamos en los Estados Unidos de América y aquí nadie me va a intimidar».
Confundió el foro donde las naciones se sientan como iguales con el patio de su casa. Y al hacerlo, reveló que su defensa se sostiene en la arrogancia de quien se cree dueño del escenario.
La negación del bloqueo no es un debate semántico; es una estrategia de invisibilización. Si no tiene nombre, no tiene culpables. Si no tiene culpables, no hay reparación posible, ni hay levantamiento del cerco más atroz que se recuerde contra país alguno.
Mientras el embajador jugaba con las palabras, la Asamblea General se preparaba para votar, por trigésima cuarta vez, contra el cerco. El respaldo que históricamente ha recibido esa resolución no es una manipulación del «régimen de La Habana», como a ellos les gusta decir. Es el reconocimiento de casi todo el planeta a la verdad irrefutable de que el bloqueo existe, duele y es injusto.
Que Waltz lo niegue no lo hace menos real. Solo lo hace más cínico. Porque negar el bloqueo mientras se aplica es como negar la lluvia mientras se sostiene el paraguas. La diferencia es que aquí, el paraguas lo sostiene su Gobierno hipócrita, y el aguacero lo padecemos todos los demás.


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