ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Que ninguna máquina sustituya la agonía y el gozo de poner en palabras la voz interior, con la imperfecta huella humana. Foto: Rusia Today

En Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar escribió: «En el caso de la mayoría de los seres, los contactos más ligeros y superficiales bastan para contentar nuestro deseo, y aun para hartarlo. Si insisten, multiplicándose en torno de una criatura única hasta envolverla por entero; si cada parcela de un cuerpo se llena para nosotros de tantas significaciones trastornadoras como los rasgos de un rostro; si un solo ser, en vez de inspirarnos irritación, placer o hastío, nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema; si pasa de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de la carne, una invasión de la carne por el espíritu».

Quien la lee se estremece, recuerda, anhela, subraya. Hay algo casi místico en encontrarse en la palabra por otros escrita. Y aunque cada uno viva de forma diferente el texto ante el que se halle, según las experiencias a sus espaldas, pocos seres humanos son insensibles a la conmoción bien dicha, condensada.

Cuando Nicanor Parra asegura: Hoy es un día azul de primavera / Creo que moriré de poesía, sabemos muy bien a qué se refiere; así como cuando Rosalía de Castro pone en letras una aspiración sentida al menos una vez en cualquier vida humana: «¡Como el hombre, los astros con ser eternos sueñan!»

Por eso la poesía, la literatura, el periodismo, nos han sido sustanciales: por la posibilidad de revivir lo ya vivido, de experimentar nuevas sensaciones, entender al otro y sus realidades, y desentrañar mejor las nuestras.

Escribir es una responsabilidad, por el peso de las ideas que se sustenten y también por la belleza con que se haga: justo eso nos pone en contacto con lo mejor de la especie, lo protege y lo ensalza.

De ahí el malestar, pequeño primero, creciente después, cuando leemos una y otra vez, en redes sociales, textos muy semejantes entre sí en sus estructuras y giros. Nada hay al parecer que señalarles, no tienen faltas de ortografía, erratas ni errores gramaticales. Y, sin embargo, dejan una sensación de carencia difícil de ignorar; son, de cierta forma, indigestos.

Por muy interesante que sea la anécdota, por muy enaltecedora que se muestra la enseñanza, les falta alma. Y no es delirio romántico, la inteligencia artificial puede escribir de cualquier cosa, y responder con rapidez y limpieza a las indicaciones de su usuario, e incluso imitar estilos, pero echamos de menos la originalidad y riqueza de una espiritualidad abatida, exultante, o repleta de anhelos.

No es preciso volver a la caverna. Bienvenida, como aquel primer intento de cuchillo con una piedra afilada, la inteligencia artificial que corrige los textos, que sugiere arreglos; pero que no sustituya la agonía y el gozo de poner en palabras la voz interior, con la imperfecta huella humana.

¿Quién quiere textos asépticos, sin masa y sin raíces, cuando puede aspirar a que la Yourcenar le diga: «Es el amor una forma de iniciación, uno de los puntos de contacto de lo secreto y lo sagrado»?

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