ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
No hay casi borrones; la maestra pasa márgenes a las hojas y mañana habrá un «Revisado» en el renglón final. Foto: Yeilén Delgado Calvo

En alguna gaveta de mi madre está. Dos tapas de cartón, dentro unas hojas cuadriculadas de color dudoso –no por el paso del tiempo, entonces ya parecían amarillentas, al menos así las recuerdo–, todo cosido con hilo fuerte.

Ahí están mis primeros trazos, mis primeras cuentas. Sería 1994 o 1995. No era una época fácil para las madres cubanas, ni para los padres. Nada recuerdo del agobio, pero ahora puedo desentrañarlo en un viaje al pasado: a los zapatos de la escuela que nunca faltaron, a la jabita de la merienda jamás vacía, a aquellas soluciones improvisadas de libretas para una niña que lo escribía todo, todo.

Mi madre no ha querido olvidar, y guarda en una gaveta ese testimonio de papel. En una de mis últimas visitas, me puse a hojearlo y me pareció muy pequeño, como escrito por otra que no soy yo. A pesar de mi obsesión con la memoria familiar, no hallo mucho de emociones en mi letra temblorosa y en los números deformes.

Pero comprendo a mi madre. La comprendo muy bien.

Hay unos minutos en el día en los que miro la página. Mientras la reviso de arriba abajo, unos ojos negros enormes me miran expectantes. Cuando le digo «perfecto», una sonrisa también gigante se me regala justo un segundo; después las manos, presurosas, recogen libros, lápices, y me arrancan la libreta de entre los dedos. La niña quiere volver a jugar.

En otras ocasiones le digo que a la m le falta una lomita, que no hay punto final en esa oración, que ese seis parece una lombriz; y mi hija igual pide rápido la libreta de tareas para rectificar lo mal hecho: le gusta la perfección.

A esa hora estoy cansada: es una breve pausa entre el trabajo «de afuera» y el de la casa; en mi mente forcejean el efectivo que hay que conseguir para el pan, la hora en que se irá la corriente, lo que es preciso comprar, lo que debemos prever…, pero la página es mi oasis.

La niña va aprendiendo a leer. No hay casi borrones. La maestra pasa márgenes a las hojas y mañana habrá un «Revisado» en el renglón final. ¿Qué de difícil no compensará eso? ¿Podré, pasados los años, recordar algo con más fuerza que el placer de haber respaldado con todo el sacrificio el alma noble de mis hijos?

Seguro, cuando esa libreta, ajada ya, que huele a primaria –un olor específico e inconfundible, lo aseguro– termine de llenarse, la guardaré en la cajita de las cosas más queridas, esa que lucharía por salvar de todos los cataclismos.

Su valor quizá no se le revele a mi hija, que nada recordará de sus titubeos y esfuerzos iniciales para aprender.

Yo sí sabré. Ahí estará contenido mucho más de lo que el papel puede mostrar: lo duro de estos días y la suerte de remontarlos.

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