
Un niño, sensible y sufrido, se convierte en una carga para sus padres porque ellos, en plan de divorcio, están dispuestos a emprender nuevas y florecientes vidas en un futuro que no admite obstáculos sentimentales. De tal conflicto parte Andrey Zvyagintsev –uno de los directores rusos actuales de mayor repercusión internacional– para realizar, en 2017, Sin amor, Premio especial del jurado en el Festival de Cannes.
Zvyagintsev es bien conocido por las multipremiadas El regreso (2003) y Elena (2011). Amparado en las funciones críticas del arte, suele centrarse él en temáticas vinculadas a la Rusia actual, que cobran connotaciones universales al significar que no pocos aspectos del capitalismo propagan la corrupción y pervierten las relaciones humanas.
Un gran YO narcisista, afirmó Zvyagintsev al referirse a la temática devastadora prevaleciente en Sin amor, filme que próximamente exhibirá el canal Cubavisión.
Es muy probable que los padres de esta historia terminen por ser repudiados por el espectador, pero el mismo Zvyagintsev ha declarado que no pretendió convertirlos en figuras escogidas con pinzas, pues representan a personas existentes del «ahora mismo», lejos de catalogarse como monstruos, aunque egolatrías y banalidades les hayan desdibujado cualidades imprescindibles de la condición humana.
Al igual que lo hizo en la memorable Elena, el director plantea su conflicto en medio de una clase social media-alta que lo atrae, y le hace afilar miradas críticas, recurriendo a elementos de un melodrama contenido, porque por nada del mundo quiere él que el espectador extravíe las contundencias morales de la historia y se pierda en hondonadas sentimentales.
El drama planteado en Sin amor tiene implicaciones policíacas, decisivas para ahondar en posturas éticas y miserias humanas, al tiempo que permite aligerar el ritmo narrativo, al recurrir a elementos del thriller y del suspenso.
Una vez más, el trabajo de Zvyagintsev con los actores vuelve a ser de lo mejor y, en especial, la pareja que integran la bella y no poco frívola Maryana Spivak, siempre pegada al teléfono y retratándose en incontenibles arrebatos infantiles, y Aleksey Rozin, un hombre que vacila entre las responsabilidades paternas ineludibles y las conveniencias materiales y de apariencias, nefastas simbologías ambos en cualquier parte del mundo.









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