ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Algunas bestias, filme chileno. Foto: Fotograma de la Película

Todavía con sábado y domingo para seguir viendo filmes, puede afirmarse que esta 41 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano se ha caracterizado por la calidad de los títulos, y Algunas bestias –imparable el cine chileno en cuanto a eficacia artística y variedad–  es una prueba de ello.

Se trata del segundo filme de Jorge Riquelme, una combinación de perversidad y terror en rieles del suspenso, tejido desde los presupuestos de una familia que se va a pasar un fin de semana a una pequeña isla desierta. Al matrimonio mayor parece sobrarle el dinero y el yerno, un «perdedor» con matices de estarse jugando su última carta en los negocios, posee en esas tierras una vieja casa a la que aspira convertir en centro turístico de ribetes ecológicos.

Atmósferas al borde del terror (imprescindible la banda sonora), fotografía y un guion que le saca el mejor provecho a las incertidumbres que provoca lo que «está por llegar», preparan al espectador para asistir a una descomposición familiar de insospechada crudeza.

Así contada, parecería un escenario ideal del Hollywood más reiterativo en materia de terror, pero ¡qué lejos, por suerte!

Siete personajes (un hombre que trabaja en la isla, dos adolescentes hermanos, hembra y varón, sus padres y los abuelos), y un tiempo fílmico calculado casi a la perfección ofrecen un retrato de verosímil decadencia. Dura y aplastante película, bien actuada, y que puede dejar un sabor molesto, pero congruente con aquel recordatorio de Nietzsche en cuanto a que «la bestia también forma parte del destino humano».

La uruguaya, con la colaboración de Argentina y Brasil, Así habló el cambista (Federico Veiroj), incursiona en un tiempo pasado para hablar entre realismo y sorna de la importancia del dinero vinculado a la política. Parte el filme de una novela y es un relato de época, lejos de las entregas más intimistas que el director ha dejado apreciar en otros Festivales de La Habana.

El filme se mueve entre los años 60 y 70 del pasado siglo y cuenta de un inescrupuloso cambista que se aprovecha de los vaivenes y hundimientos   de la economía en Argentina para traficar con dólares desde Uruguay. Algunos han querido ver en la entrega una suerte de El lobo de Wall Street, de Scorsese, y aunque todos los especuladores se alimentan del mismo plato, este filme tiene particularidades muy propias, acordes con su nacionalidad y con las urdimbres latinoamericanas  de aquellos tiempos.

La deuda (Argentina, Gustavo Fontán) deja la sensación de haber visto un filme bien narrado y actuado, pero cuya  intencionalidad puede no ser captada de la mejor manera, luego  de un arranque expositivo que coloca en primer plano a una muchacha que roba el dinero de una cuenta. Un amigo le da escasas horas para reponerlo y hacia la noche se lanza ella. Las peripecias que la envuelven no arrojan demasiada luz en cuanto a lo que parece ser una pasión por robar y puede llegarse al final del metraje sin desenredar el enigma de esta mujer en crisis, que bien pudiera ser la  simbología de una sociedad atrapada en las trampas del dinero.

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