Conocedor y populoso, el público de este 41 Festival se mueve a la caza de lo que más le interesa y riega la noticia de lo que de ningún modo debe perderse. Tal fue el caso de las dos funciones que tuvo este martes en el Chaplin El cuento de las comadrejas, la comedia de humor negro de Juan José Campanella que, a sala repleta, motivó una participación eufórica de los espectadores como hacía rato no veía este cronista.
Campanella regresa diez años después de su exitosa El secreto de tus ojos con el remake de lo que es un filme de culto, Los muchachos de antes no usaban arsénico (José Martínez Suárez, 1976).
La historia de una otrora estrella de cine, viviendo en un caserón junto a su marido y dos cuñados, se revitaliza a tono con los nuevos tiempos marcados por la ambición desmedida de una generación de «oficinistas» especuladores que un día tocan a las puertas de los viejos retirados.
Temáticas diversas, ritmo, diálogos sabiamente construidos en función de la constante humorada, trama policíaca, nostálgica banda sonora y ¡las actuaciones! crepusculares de los cuatro protagonistas –todos personajes vinculados al cine–, hacen de este filme una deliciosa entrega con reiterados guiños cinematográficos.
También dentro del tradicional, y al mismo tiempo rejuvenecido género de la comedia típica argentina, en la que los diálogos deben ser cartas de triunfo en función de un dramatismo a ratos romántico, se instala La odisea de los giles (Sebastián Borensztein), una venganza más «juguetona» que sangrienta ubicada en tiempos del tristemente recordado «corralito», en que los ahorros bancarios de los argentinos se convirtieron en billetes pasados por agua.
Más noble y menos cínica que la película de Campanella, La odisea… está igualmente urdida con todas las reglas del género, esas que algunos han intentado dominarlas sin poderlo. Suspenso, humor y un final a la vieja usanza del happy end concebido quizá en serio, quizá como guiñada de travesura cómplice para que muchos salgan felices del cine después de haber estado largo rato aplaudiendo.
Y la mexicana Asfixia (Kenya Márquez), también en competencia en el apartado de largometrajes, destaca como una historia de abuso y racismo contra los que son considerados «diferentes», en este caso, Alma, una joven albina, a quien un chulo de mala muerte se niega a entregarle la hija que han tenido, luego de salir la protagonista de la cárcel. El maleante le reprocha su palidez y el haber tenido una hija igual de «blanquita» como ella, mientras a la nueva y poco agraciada víctima en amores, que le proporciona drogas de la farmacia donde labora, la critica por ser demasiado prieta.
La muchacha, sin casa ni amparo, termina cuidando a un hipocondríaco con miedo a morir de asfixia al dormir, en tanto ella misma tiene sueños en que se ve nadando bajo el agua en busca de su hija. ¿Cómo rescatar a la niña? Lo más importante es que Alma, pese a ser víctima de la repulsa racista, no pierde la autoestima y mientras cuida a su enfermo, lucubra.









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gretter dijo:
1
12 de diciembre de 2019
10:26:52
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