El truco lo aprendí de una película yugoslava, a principio de los años 60.
El protagonista, todo un galán de cine, se paraba en una céntrica esquina de Belgrado en tardes de lluvia y, paraguas en mano, se mostraba solícito a cruzarle la calle a cuanta bella dama en apremio lo mereciera.
Les cruzaba la calle y las ligaba, así de simple.
Sin pensarlo demasiado desempolvé un viejo paraguas que había sido del tío Manolo y en tardes lluviosas, y bajo los reproches de mi madre, me iba a trabajar más temprano.
En lugar de dirigirme al diario Hoy, frente al Capitolio, en cuya imprenta laboraba, me paraba como una estaca vigilante en la calle Monte, en las afueras de la tienda La Sortija, con mi paraguas enganchado en el antebrazo. No había apuros en atravesar la vía y la espera la dictaba la aparición de las candidatas.
Miraba al cielo, miraba la lluvia, de tener reloj también lo hubiera consultado y, por último, la miraba a ella.
–Ay, me puedes cruzar la calle.
Y allí estaba yo, caballero gentil, abriendo el paraguas y viviendo mis 20 segundos de felicidad peliculera, tras los cuales podían venir las «gracias» de rigor y el frustrante irse cada uno por su lado. Jamás una mirada intensa a modo de retribución (como le sucedía al galán del filme yugoslavo), nunca un roce de manos, o el apretujamiento de los cuerpos bajo la inclemencia del tiempo.
Así crucé a decenas y decenas.
Hasta que una tarde, la Venus de Milo, transfigurado su mármol helénico en bronceada piel caribeña, miraba con cierta desesperación hacia el cielo oscuro que cubría la calle Monte y desde donde la lluvia parecía caer a «cubetazos».
–¿Te cruzo? –ataqué frontal esta vez, mientras abría el paraguas.
La música de Cantando bajo la lluvia me invadió al sentir la mano de ella rodeando mi cintura. Y su cuerpo exprimiéndose al mío. Aquella magia no podía durar los miserables 20 segundos de siempre, de ahí mi pregunta galana junto a su oído atento: ¿Y hasta dónde vas?
–Al cine Capri, ¿me acercas?
Bajo los portales de Prado cerré el paraguas. Frente a mi periódico, el miliciano de guardia me hizo un guiño y después de pasar nosotros (me volteé para ver su reacción) puso la culata del fusil en el piso y se llevó las manos a la cabeza. En verdad tampoco yo podía creérmelo. En la esquina del cine Payret atravesamos Prado bajo una fuerte ventolera y la risa arrebatadora de ella. Yo podía mojarme, Venus ni pensarlo, y sostuve el centro del paraguas sobre su cabeza. Ya en ese momento tenía claro que no iría a trabajar. Que me peleara Genaro, el regente del taller, pero también yo entraría al Capri a cumplir el destino de un guion ya escrito y en procesos de filmación.
En el vestíbulo del cine volví a acordarme de la cinta yugoslava porque el hombre que se nos acercó, sosteniendo un paraguas, y la besó y la abrazó, se parecía mucho al galán de quien había aprendido la trWuculencia.
–Llegué gracias a este muchachito –me presentó Venus jubilosa y él, mirándome la ropa empapada, dándome una palmada en el hombro, me soltó un caluroso «gracias mi hermano» y se fue a sacar sus dos entradas.
No recuerdo si camino al periódico abrí o cerré el paraguas, pero sí que asenté una convicción que muchos libros y películas llegados después no han podido definirme mejor: el cine es el cine, y la vida es otra cosa.









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Yane dijo:
1
30 de julio de 2018
00:21:00
Vilda Magalys Valdes Cervantes dijo:
2
30 de julio de 2018
01:53:02
Mirella Peña dijo:
3
30 de julio de 2018
12:01:17
Rusbel dijo:
4
31 de julio de 2018
08:34:27
ELP dijo:
5
31 de julio de 2018
09:24:32
Briceida ARCAZ dijo:
6
31 de julio de 2018
09:46:48
Almir Ulises Mestre León dijo:
7
1 de agosto de 2018
10:59:05
Joc dijo:
8
1 de agosto de 2018
15:26:00
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