ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
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Foto: Prensa Latina

Si se hubiera planificado no quedaría en un pico tan alto la última imagen del V Clásico Mundial. El enfrentamiento entre uno de los mejores jugadores de posición de las Grandes Ligas en los últimos años, Mike Trout, y quien hoy es el ícono más expresivo del beisbol en el planeta, el temible bateador y excelso lanzador de ese circuito, el japonés Shohei Ohtani, fue la postal que imprimió el sello de calidad del torneo mundialista.
Ambos son jugadores de la misma franquicia, Angelinos de Los Ángeles, de la Major League Baseball, lo cual le dio más dramatismo a un final que exponía en la pizarra un cerrado duelo de 3-2, a falta de un out. Los dos se sabían con la suficiente potencia para cristalizar la acción más encumbrados. Si Trout empataba el choque con jonrón no sería sorpresa, tampoco, como ocurrió, que el de Asia lo ponchara.
Es simple, el Clásico Mundial necesitaba de un simbolismo en su despedida que lo etiquetara como el mejor de los jugados hasta ahora. En esa inscripción se leen también la buena pelota que jugó México y el entusiasmo del Team Asere, de Cuba.
Japón fue el mejor equipo de la lid porque fue el único que ganó todos sus encuentros. Supo hacerlo con solvencia en el marcador, y cada vez que fue exigido. Por ejemplo, frente a México, en un desafío en el que tuvo que venir de abajo dos veces, o, justamente, en la final ante el plantel estadounidense, igual saliendo detrás en la pizarra.
Japón no fue el de mejor promedio de bateo. Incluso no se incluyó entre los cinco que lo hicieron por encima de 300, lo cual sí alcanzó Cuba. Sin embargo, terminó como el conjunto que mejor balanceó su porciento de embasado (OBP) con 459, y fue cuarto (502) con su ofensiva de poder (slugging), lo que le dio una elevada integralidad con el madero (OPS de 961), solo superada por Sudcorea.
Por eso fue el elenco que más carreras anotó (56) y el que más impulsó (55), parámetros que muestran o rozan la perfección a la ofensiva. Fue, además, el que más boletos recibió y el más robador. Los nipones formaron una verdadera maquinaria de registros en home.
Pero si eficaces resultaron los samuráis con los bates, la excelencia del pitcheo, al combinarse con esa sincronizada furia, explica la razón por la cual Japón fue, sencillamente, invencible.
La efectividad de 2,29 no se pareció, ni por mucho, a ninguna. La cantidad de oponentes envasados por jits, boletos o pelotazos por inning (WHIP) fue de menos de uno. Sus lanzadores poncharon a 80 (a casi 11 por desafíos), los que le siguieron, los mexicanos, no llegaron a 60, quedaron en 58. Arriba de que no regalan nada, sus oponentes no llegan a batearles ni siquiera 200 (194).
Sin comentarios, el campeón de tres clásicos mundiales es hoy la selección nacional de mejores dividendos. Por eso pudo ganarle a una constelación galáctica como la de Estados Unidos.

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