A Fidel se le recuerda por miles de razones, casi todas asociadas a su extraordinaria y universal visión del mundo, su sentido de la justicia, su entrega incondicional a la causa de los humildes, su devoción por el internacionalismo, su capacidad para «sacar de la manga de su verde olivo uniforme» las soluciones que jamás imaginaba el enemigo, e incluso ese pueblo de Cuba que siempre se sintió seguro con él, por más difícil que se tornase el momento…
A menudo, sin embargo, acude a mi mente el rostro de un humilde anciano espirituano llamado Ángel García Legón, que dedicó casi toda su vida al noble oficio de farmacéutico, y que no desperdiciaba la oportunidad de plantarse frente al televisor cada vez que el Comandante «cogía el bate» para dirigirse al país… o al mundo.
Lo que más le llamaba la atención no era solo el tema que abordaría el Líder de la Revolución Cubana, sino un detalle que en aquellos años no todo el mundo asumía para sí… y que hoy –por muchos más motivos– debiéramos aplicar todos: la puntualidad.
«Nunca he oído decir que Fidel llegó tarde a un lugar o que se atrasó para comenzar un discurso», me comentó Ángel una vez, con una de esas expresiones que no dejan duda de lo que significa la admiración en pleno rostro.
Y tenía toda la razón del mundo. Fidel era (prefiero decir: es) lo que en buen cubano llamamos «un reloj».
Lo saben quienes trabajaron más cercanos a él, quienes eran convocados, visitados, llamados a cualquiera de los numerosos combates que el Comandante encabezaba, tanto en el ámbito nacional como en la no menos compleja arena internacional.
Hace poco, leyendo apuntes publicados por Cubadebate, confirmé cuánta razón siempre tuvo Ángel García al admirar esa cualidad de Fidel, para quien la batalla por el aprovechamiento del tiempo –y contra su injustificado derroche o pérdida– se convirtió en una cuestión, quizá, de vida o muerte.
Afirman quienes han sondeado en ese terreno, que posiblemente tal característica se le haya acentuado aún más desde «aquella madrugada de julio de 1953, cuando su reloj se atrasó a solo horas de atacar la segunda fortaleza militar del país», en Santiago de Cuba.
Cuentan que después del incidente no confió más en las agujas de un solo reloj y decidió llevar dos en su muñeca para «estar seguro de que contaba con la hora exacta en cada momento».
Extraerle o aprovechar el zumo de cada minuto, de cada segundo, fue una de las cualidades que lo distinguieron a lo largo de toda su vida. No por casualidad, algunos afirmaban que casi no dormía.
Relató cierta vez Ángel Reigosa, quien fuera su director de Protocolo durante dos décadas, que en una ocasión Fidel le dijo: «Angelito, no me hagas perder un minuto; tú no sabes lo que yo soy capaz de hacer en 60 segundos».
Por ello, con una puntualidad y una eficiencia realmente increíbles aprovechaba hasta las horas de vuelo hacia algún destino, para prepararse con vistas al evento al que asistiría, o para repasar alguna temática de interés.
Lograr –en medio de un día a día tan reiteradamente intenso– que nadie esperara por él (y, en consecuencia, no tener que esperar por alguien) fue una especie de privilegio de no todo el mundo, más bien muy pocos o tal vez casi nadie puede exhibir, dentro del universo de mandatarios y de altas personalidades, a escala mundial.
Por eso, frecuentemente acude a mi memoria la admiración del anciano espirituano Ángel García por la estricta puntualidad de Fidel, para todo.
Por cierto, pudieron apreciarlo miles de habitantes de esa central provincia en momentos como el 26 de julio de 1986, cuando el Comandante asistió a los merecidos festejos centrales allí por Día de la Rebeldía Nacional.
Y por eso, también, conservo con tanto orgullo la foto que un día le tomé, desde mi asiento en el Palacio de Convenciones, durante un Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba, cuando, entre aplausos, de pie, se llevó la mano derecha a la pulsera del reloj y consultó la hora.
Un tiempo después se la mostré a Ángel, quien, con una sonrisa detonándole en el semblante, y señalando con el dedo índice al Comandante, me dijo: «Ese es el mejor. No pierde ni un segundo… es una de las tantas cosas que todos debiéramos aprender de él, y tú sabes mejor que yo por qué lo digo».










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