ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
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Nito Ortega fue acribillado tras los sucesos del Moncada. Foto: Archivo

La mañana de la Santa Ana de 1953 estuvo teñida de rojo en Santiago de Cuba, una ciudad que, hasta el día anterior, había estado sumida en el jolgorio de sus emblemáticos carnavales y que amanecía bajo la indicación de Fulgencio Batista de hacer un baño de sangre: por cada baja de la tiranía había que asesinar a 10 moncadistas.

Ante el tribunal que lo juzgó y siendo ya, de alguna manera, absuelto por la historia, Fidel Castro hizo una denuncia que trascendió el local: «No se mató durante un minuto, una hora o un día entero, sino que en una semana completa, los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante como instrumento de exterminio manejados por artesanos perfectos del crimen. El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de muerte, y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros».

Bajo esa premisa y su pasión por la historia, el doctor en Medicina Roberto Fong Sorribes, ha profundizado en lo acontecido minutos después de la Gesta. De manera particular en lo referido a las torturas y asesinatos, que tienen en la obra de los médicos forenses Manuel Prieto Aragón (Madrid, España, 1 de enero de 1899-Santiago de Cuba, 20 de abril de 1986) y José Ramón Arturo Cabrales Arjona (Manzanillo, 12 de septiembre de 1916-Santiago de Cuba, 22 de diciembre de 1985) análisis y aportes monumentales.

Así lo afirmó Fong Sorribes en una conferencia que dictó en la Ciudad Escolar 26 de Julio y que, con el título Los forenses del Moncada, resultó ser más que otra actividad santiaguera en saludo al aniversario 73 de la efeméride.

Fue, en el sentido más amplio, un vínculo entre la Generación que no dejó morir al Apóstol en el año de su Centenario y «un grupo de jóvenes que integramos la Generación del Centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz», destacó Roger Leyva Poblador, estudiante de la Universidad de Ciencias Médicas de la Ciudad Héroe.

Como el Batistato cegó la vida a más de 20 000 cubanos «no podemos olvidar que la sangre vertida no fue vana», teniendo como inauguración de todo ese genocidio al golpe de estado del 10 de marzo de 1952 y «también las torturas a Abel y las masacres con los cuerpos de José Luis Tassende, Nito Ortega y el resto de los mártires del Moncada», detalló el también especialista en Angiología y en Medicina general integral. Ciertamente, habían sido proféticos los versos del Ya estamos en Combate de Raúl Gómez García, poeta de la Generación, y la ¡Libertad o Muerte! exclamada por Fidel en la Granjita Siboney.

Asimismo recordó que, con sus posturas viriles y honestidad sin par, los doctores Cabrales y Prieto se enfrentaron abiertamente a Del Río Chaviano, jefe del Moncada, quien luego de mandar a asesinar alevosamente a la mayor parte de los jóvenes revolucionarios prisioneros, quería que ambos galenos certificaran a todos los asaltantes muertos en combate.    

«Desmentir a Chaviano en ese momento era poner la vida en riesgo. Los dos se jugaron la vida. Chaviano quería encubrir lo que habían hecho con saña: hacer correr la sangre de aquellos jóvenes asaltantes. Esos médicos dijeron que por decoro profesional, ante la evidencia de cráneos destrozados, cuerpos mutilados, dentaduras destruidas con las culatas de las armas, ellos asumían cualquier riesgo y dirían la verdad.

«Desempeñaron un papel extraordinario porque al revelar la verdad denunciaron la barbarie que había cometido la soldadesca de la tiranía de Batista: de los 34 revolucionarios muertos solo seis cayeron en combate.  Luego, cuando Fidel estaba preso en Boniato y la tiranía dijo que no podía asistir al juicio porque estaba enfermo, Prieto y Cabrales fueron a la cárcel y dijeron que no tenía nada y podía asistir a las vistas. 

«Pienso que a estas dos figuras se les puede dar mayor connotación histórica. Mantuvieron una conducta intachable. Eran accionistas de clínicas privadas y renunciaron a eso al triunfar la Revolución; fundaron la Escuela de Medicina y fueron los padres de la especialidad en esta parte de Cuba», concluyó el especialista.

No faltó Hilda, la hija del Dr Cabrales, «a quien debo el amor por la Medicina y por la evolución, porque conoció de la crueldad del tirano y de sus esbirros que trataron de imponerle un diagnóstico de enfermedad para Fidel, con el objetivo de que no asistiera al juicio. Mi papá les respondió, para no comprometer al médico que el día anterior había cedido: ayer Fidel pudo haber estado enfermo, hoy está bien y va a comparecer ante el tribunal. Ese fue su aporte para que el alegato de autodefensa La Historia Me Absolverá fuera pronunciado».

Nuevamente el Moncada devino en símbolo de la continuidad de la Revolución «que convierte los reveses en victorias y que tiene en los jóvenes a su principal garante», reflexionó Abel Tobías Suárez Olivares, Rector de la Universidad de Ciencias Médicas.

Hilda, la hija del doctor Cabrales, y el Dr. Fong coinciden en la importancia que tiene el conocimiento de la historia. Foto: Universidad de Ciencias Médicas Santiago de Cuba
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