ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Banner
«Fidel para mí es lo más grande que ha dado el mundo», asegura Nemesia Foto: Yander A. Zamora de los Reyes

CIENAGA DE ZAPATA, (Matanzas).–Desde el mismo triunfo de la Revolución, Fidel se sintió muy cerca de los cenagueros y perseveró por cambiar el panorama de esa región, la más atrasada de Cuba hasta la alborada de enero de1959.

En reciprocidad, ellos lo quisieron y lo quieren mucho. Hay incontables ejemplos.  Entre las muestras de afecto sobresale la de Nemesia Rodríguez Montano, quien inspirara la conocida Elegía de los zapaticos blancos, nota humana de los sucesos de abril de 1961.

Tenía apenas 13 años de edad cuando vio morir a su madre bajo el criminal bombardeo mercenario.

«Nadie me conoció mejor, sabía que yo era una mujer franca y orgullosa de su Revolución. Verlo luchando en las postrimerías de su existencia me dio mucha fuerza», diría la Flor Carbonera. «Para mí es lo más grande que ha dado el mundo. Lo digo porque yo estuve cerquita de él».  

La última vez que lo vio, recordaría, fue cuando asistió como invitada a la clausura del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba. 

«No podré olvidarlo jamás, por mucho tiempo que transcurra. Su recuerdo quedará grabado en mi memoria para siempre. Con su cariño y generosidad supo alentarme a mí y a mi familia en los peores momentos, los más tristes».

De cualquier forma, admitió sentir cierto desencanto porque «nunca le dije todas las cosas lindas que yo pensaba de él; por el nerviosismo quizás, me pasó como a otras muchas personas que estuvieron cerca de él».

Y como si presintiera los días que hoy vivimos, bajo el acoso recrudecido del imperio, llegó a aseverar: «Al pasado no podemos regresar, si lo hacemos vamos a volver a vivir la misma miseria, a los tiempos de maltratar al pobre y al campesino, al negro, al guajiro. Eso no podemos permitir que regrese a Cuba».

El Líder Histórico de la Revolución adquirió la costumbre de visitar la Ciénaga con bastante frecuencia.

En la localidad de Soplillar, un Memorial recuerda la fecha del 24 de diciembre de 1959, en que junto a un grupo de cercanos colaboradores decidió compartir la cena de Nochebuena con varias familias de carboneros. 

No ocultó nunca su admiración por la gente humilde de ese territorio sureño, donde la gente vivía en paupérrimas condiciones, sin electricidad, sin médicos ni maestros, y hacinados en rústicos bohíos.

El destacado investigador Julio Amorín Ponce asegura que fue la primera vez que, por encima de toda lógica hasta entonces, un Jefe de Estado compartía con pobladores semianalfabetos y desamparados.

Eran labriegos del monte, algunos descalzos, con ropas escuálidas; hombres cenizos por el tizne y marcados por la pobreza que entristecía aquel lugar.

Haydee, hermana de Nemesia, era muy pequeña, apenas nueve años de edad, pero recuerda lo que luego le contaron sus padres.

Dice que Fidel hizo infinidad de preguntas sobre sus condiciones de vida y les habló de maestros, médicos, carreteras, viviendas, cooperativas y de otras cosas en beneficio del pueblo cenaguero. Fue algo inesperado. Mi padre y demás vecinos de aquí nunca imaginaron que Fidel viniera a cenar con gente tan pobre.

Ya estaba anocheciendo cuando él y quienes lo acompañaban bajaron de dos pequeños helicópteros, asegura, aunque dice que se trata de un recuerdo algo lejano.

«Pidió que vinieran más personas del caserío, y enseguida se acercó a los niños y conversó con nosotros, preguntó si íbamos a la escuela, y yo le respondí que solo a veces, porque no teníamos zapatos, y a mi madre no le gustaba que fuéramos descalzos.

«Más tarde, cerca de la medianoche, lo acompañamos hasta el lugar donde subió al helicóptero. Creo que estaba feliz, porque sonreía y hacía ademanes para abrazarnos a todos al mismo tiempo.

«Después de eso seguimos reuniéndonos en familia, para festejar la fecha; pero como la cena con Fidel, ninguna. Aquella fue inolvidable».

Amorín Ponce, historiador del municipo por más de 20 años, dice que el proyecto de hacer mejoras tomó altura de tal forma que con el tiempo se puso en boca de algunos la afirmación de que la Ciénaga de Zapata era la «niña mimada» de la Revolución.

Se enamoró de este lugar, de su naturaleza y de su gente, venía casi todas las semanas, sin ningún anuncio, recuerda el investigador tras enfatizar la profunda relación de simpatía entre los cenagueros y Fidel. 

«En apenas dos años se construyeron escuelas y casas para los carboneros, se instalaron postas médicas y llegaron los maestros. En enero de 1961 más de 300 alfabetizadores arribaron a la Ciénaga. Las transformaciones alcanzaron todo el universo social y económico, que fue más visible, por supuesto, con el paso de los años, y que tuvo en la creación del Conjunto Artístico Comunitario Korimakao a una institución de élite».

La admiración de los cenagueros se reforzó con los sucesos de Girón, pues Fidel, con sus dotes de estratega militar, supo apreciar correctamente el plan del enemigo, dirigió el combate en las direcciones esenciales y con su ejemplo desató la fuerza del pueblo.

En su paso por Korimakao, poco a poco, el joven creador Yander Roche ha tenido la posibilidad de aproximarse a la vida y pensamiento de Fidel. «Nuestra agrupación debe su progreso en buena medida al resuelto apoyo que siempre él nos ofreció,  convencido de que el desarrollo social en la zona debía ir aparejado al de la cultura y de su forma más elevada: el arte».

No hay dudas de que logró despertar un gran afecto entre los cenagueros, quienes hablan de él con cariño y lo distinguen de corazón. Y no es casualidad. Ciénaga de Zapata es el lugar, quizás como ningún otro, donde el Líder Histórico de la Revolución concibió los más disímiles proyectos para el bienestar de la población.

Confirman esta percepción personas como Bárbara Sierras Cobas, al frente del Museo Playa Girón por más de dos décadas; Vianka Gómez Mora, Bienvenido Roig, Odeimys Chaviano, Dayamí Gómez La Rosa, entre otros, que han tenido o asumen en la actualidad responsabilidades de dirección en diversos frentes en el territorio. 

Uno de los cenagueros que más agradeció a Fidel fue Alejo Álvarez López (El Moro), quien sostenía no haber tenido infancia. Me la robó el carbón, decía. Dos de sus hijos murieron antes de 1959 por falta de asistencia médica. Esto era abandono y miseria, manifestó alguna vez.

Alejo El Moro vivía orgulloso de la noche en que junto a otros cenagueros, custodió la casa de un campesino donde Fidel se vio obligado a pernoctar tras un percance asociado al helicóptero que debía llevarlo de regreso.  

«Lo protegimos con extremado esmero. Era el hombre que más había hecho por nosotros».

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.