Aquella mañana de bombardeo sobre un costado del Hospital 108, el doctor cubano se lo dejó claro a los vietnamitas: «¡Yo vine a colaborar, no a esconderme, correré la suerte y los mismos riesgos que ustedes!».
La voz de Ariel Soler Muñoz condesaba la resolución de su pueblo, esculpida recientemente en el Museo de la Historia Militar de Vietnam, donde la efigie de un médico de la Isla, con barbas, que cura las heridas de un vietnamita, evoca a Fidel y a Cuba, codo con codo junto a la nación indochina, frente a la invasión estadounidense.
«Hay que acudir corriendo», pensó acaso, ante la urgencia de ir a Vietnam, donde el dolor y la muerte se cebaban, de las manos de las bombas y del agente naranja. Ariel tenía 37 años de edad y casi una década como médico militar, fogueado en la Lucha Contra Bandidos y en hospitales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
DE LA HABANA A HANÓI
Natural de Santiago de Cuba, Héroe del Trabajo y Coronel del Ministerio del Interior, Ariel Soler Muñoz lleva en el cuerpo 95 años y en la memoria la lucidez de sus tiempos mozos. Las emociones le dictan pausas inevitables, cuando rememora sus días en Vietnam.
«Viajé a principios de marzo de 1967, junto a compatriotas de la
Daafar –entre ellos, el cosmonauta y Héroe de la República de Cuba, General de Brigada Arnaldo Tamayo
Méndez–, que iban a adquirir experiencia en condiciones de guerra», recuerda el galeno.
Días después, en Hanói, los recibe un oficial del ejército, habla español, les muestra un subterráneo de concreto, «talismán» contra la metralla junto al local.
A Soler no le agrada la idea de meterse en ese agujero cilíndrico. No quiere morir a cuatro metros de profundidad bajo tierra, sepultado por una bomba.
El calor adentro era insoportable. Por eso los recién llegados no cerraban las puertas nunca. Hasta que la onda expansiva de un artefacto los hizo cambiar y… «esto es una ratonera», exclamó el médico: «si una bomba me va a matar, que sea al aire libre». Jamás volvió a entrar al refugio.
ENTRE ANGUSTIA Y HORROR
Una madrugada las alarmas sonaron y detrás se escucharon las explosiones. Al saltar de la cama, en lo oscuro, su cabeza impactó una pared; «vi estrellas –dice–, pero el casco me salvó».
Entonces regresó al balcón de su cuarto, y desde allí pudo ver casi todo: «los aviones yankis, que pasaban en vuelos rasantes con luces intermitentes como flash de cámaras fotográficas. Desde abajo los cruzaban proyectiles antiaéreos que parecían fuegos artificiales».
Así, bajo riesgos altísimos, el cubano fue testigo de aquel terrible espectáculo, y de otros, como el del bombardero gringo f-105 que ganaba altura a contrapicada una tarde, después de atacar el puente sobre el Río Rojo.
En la maniobra de ascenso, «parece que el fuego antiaéreo le arrancó un ala. El aparato hizo un giro y cayó». Los edificios le impidieron contemplar el impacto, pero Ariel vio el resplandor de las llamas y la columna de humo, y fue sacudido por la explosión «tremenda».
Sus servicios, los prestaba en esa ciudad, en el Hospital número 108 del ejército vietnamita. Llegaba de madrugada, a las cinco pasaban visita, después discutían los casos y emprendían las demás tareas.
«Operábamos desde las seis de la mañana hasta el mediodía. Luego nos reuníamos para evaluar lo hecho (técnica utilizada, reacciones de los pacientes, etc.). Sobre las tres, yo regresaba a la residencia».
Una mañana, notó que el anestesiólogo vietnamita estaba preocupado; «¿qué sucede?», le preguntó; pero el hombre no salía del silencio ni apartaba miraba del cielo, como si algo allá arriba lo perturbara. La respuesta llegó atronadora, poco después: «estallidos de bombas».
«Me llevaron para un refugio –fustiga Ariel–, quise salir y se interpuso un soldado; entendí que querían protegerme».
Del Astro Rey venía la preocupación, Soler Muñoz lo entendió después. Supo que, entre las diez de la mañana y las tres de la tarde los pilotos gringos aprovechaban la posición del Sol con respecto a Hanói, y atacaban a contraluz, «para cegar a las antiaéreas».
Con el cielo nublado jornadas antes, los bombardeos habían hecho pausa; pero aquel día, el regreso del Sol anticipaba el peligro; lo sabía el anestesiólogo vietnamita, de ahí su callada perturbación.
Regresó a Cuba en agosto de 1967, y cinco meses más tarde retornaba a Vietnam. Esta vez, al hospital quirúrgico Saint Paul, donde simultaneó como médico y profesor de un curso emergente de anestesista, organizado por él.
Once mujeres y un hombre, jóvenes todos, se formaban para la guerra. En el salón de operaciones practicaban por las mañanas. En las tardes recibían los contenidos teóricos que les impartía Ariel «en francés, traducidos al vietnamita por otro médico».
AL SUR DEL NORTE
Recorriendo Vietnam del Norte, admiró en la selva una escuela de enfermería, en la que «cada enfermera al graduarse recibía como ajuar un cuchillo, maíz», y un encargo: «infiltrarse en una aldea, sembrar y ayudar a los aldeanos en salud y alimentación, e influir en su ideología».
Vio de cerca, en un museo rural de Tan Hoa, un «arbolito plástico» made in usa; en realidad se trataba de un sensor térmico que los yanquis probaban por vez primera. El dispositivo «enviaba señales de calor y sonido. Sus hojas y ramas eran antenas» enmascaradas; artilugio gringo para detectar vehículos y personas, y bombardearlos.
«En Can Fa –describe el galeno–, la gruta de una montaña suplantó a un hospital. Ubicadas las “salas” a unos 300 metros de los “salones quirúrgicos”, los vietnamitas trasladaban a los pacientes en parihuelas, y hacían su labor.
«Al recibirnos en ese hospital, algunos pacientes cantaron para nosotros; una doctora explicó que, para contrarrestar el estrés originado por la cantidad de heridos y muertos a los que diariamente atendían allí, adoptaron un lema: que la canción silencie a las bombas.
«Otra mañana –recuerda–, sobre la selva tupida, estando nosotros a cinco kilómetros de una base enemiga, pasó un avión de reconocimiento, a tan baja altura que se le veía la cara al piloto. Luego explotaron obuses en el lugar; pero no tuvimos problemas».
De regreso en Hanói, al Sain Paul llevaron a una muchacha, al final de la noche, con las piernas cortadas accidentalmente por un tranvía. Estaba en shock, casi desangrada. «No pudimos salvarla», se duele el doctor cubano.
«Al día siguiente, de la guerra llegó un soldado. Buscaba a su hermana; eran huérfanos y no se veían desde que, siendo niños, los evacuaron por separado. En Hanói supo del accidente, fue al hospital y allí estaba ella, muerta». Soler lo cuenta con la voz estrujada.
CON FIDEL
Como uno de los médicos del Comandante en Jefe durante 43 años, Ariel Soler Muñoz acompañó, días, noches y madrugadas, los trajines revolucionarios del estadista y líder cubano, en la Isla y por todo el mundo.
Durante la incursión del barbudo por el sur vietnamita, entonces recién liberado, pero en guerra y sembrado de minas, Ariel le hizo compañía por primera vez.
Fidel, que a lo largo de cuatro décadas lo tuvo en su equipo médico personal y sabía de los avatares de este galeno en tierras vietnamitas durante la guerra contra el invasor yanqui, pareciera que lo colocó en lo más alto de su estima.
Quizás por eso, días antes de su partida física, cuando tuvo a Ariel ante a él por última vez, el Comandante en Jefe pronunció una frase que fue epitafio y reconocimiento a la vez: «el anestesista de Vietnam».










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lazaro dijo:
1
13 de febrero de 2026
10:07:16
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