
Hay una escena inolvidable para quien ha visto la película Los puentes de Madison, dirigida en 1995 por Clint Eastwood y protagonizada por él junto a Meryl Streep.
Ella, Francesca Johnson, tiene agarrada la manija de la puerta de la camioneta en la que va con su esposo. Afuera, cae una lluvia torrencial, y está el hombre a quien ama, Robert Kincaid. Aunque no se dice ni una palabra, el espectador sabe todo lo que pasa por la mente de la mujer que se debate entre renunciar a la felicidad para proteger a su familia, y lanzarse a vivir un sentimiento inédito y arrasador.
Quizá si Francesca hubiera abierto la puerta, la historia sería una pieza romántica más; pero al no hacerlo ha dividido sucesivamente las opiniones entre los espectadores, y también se ha erigido en un símbolo de los amores que no pudieron ser.
La película, con sus rotundas actuaciones y atmósfera discreta, es fiel al libro en que se basa: la novela homónima publicada por el escritor estadounidense Robert James Waller (1939-2017), en 1992. Solo que, con las bondades que tiene la palabra escrita, pueden entenderse mejor las razones tras ese «flechazo» entre sus personajes.
Francesca y Robert no son jóvenes. Ya han construido sus vidas. Ella es una italiana, ama de casa, que se casó con un soldado estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial; vive en una granja en Iowa, y tiene dos hijos adolescentes. Él es un fotógrafo de National Geographic que viene desde Washington a hacer un reportaje.
La familia de Francesca está fuera de casa por una semana, justo cuando Robert llega a preguntarle una dirección. No solo es fulminante la atracción física entre ambos, sino que comprenden que el ideal amoroso de cada uno podía hacerse realidad en otra persona, y justo por eso es tan fuerte lo que sienten.
«Ahora sé que estuve yendo hacia ti, y tú hacia mí desde hace largo tiempo. Aunque ninguno de los dos percibía al otro antes de que nos conociéramos, había una especie de inconsciente certeza que cantaba alegremente bajo nuestra ignorancia, asegurando que nos reuniríamos. Como dos pájaros solitarios que vuelan por las grandes praderas por designio de Dios, en todos estos años y estas vidas hemos estado yendo el uno hacia el otro», le escribe Robert en una carta tiempo después.
Quizá el mayor valor de este libro es que logra hacer creíble, al renunciar a excesos estilísticos y argumentales, un romance que de otro modo despertaría la sospecha de los lectores: apenas unos días que los marcan para el resto de sus vidas.
Por el contrario, entendemos las carencias afectivas de una mujer que estudió Literatura y gusta de la poesía, y que se ha resignado a vivir con un hombre bueno, pero que la ama cómo puede, sin ningún exceso, y en un medio social donde lo sensible y original despierta sospechas. Y comprendemos a un hombre que siempre pensó que el viaje y la aventura eran su sino, hasta sentir la pulsión de hacer de alguien un hogar.
«Hemos creado una tercera persona a partir de nosotros dos», se lee en la novela, así como la frase que quizá resuma mejor su esencia: «En un universo de ambigüedades, este tipo de certidumbre llega una sola vez, y nunca más, no importa cuántas vidas le toque a uno vivir».
A pesar de cuán cuestionable pueda ser la idea de ese amor único, de la media naranja, o cuán vigente sea el debate de si el amor es un sentimiento o una construcción, Los puentes de Madison County resulta una historia estremecedora, que nos confronta con cualquier vez en la que nos hayamos sentido vivir «con el corazón lleno de polvo», a causa de una renuncia.
¿Vale más la pasión o la lealtad? ¿Es lícito sacrificar la felicidad propia en pos de la de los hijos? ¿Puede construirse la dicha sobre una decisión que lastime a otros? Son todas preguntas que se desprenden del libro, por más de tres años en la cima de la lista de los más vendidos de The New York Times, y que sigue siendo ampliamente leído y traducido.
Se esté o no de acuerdo con la decisión de Francesca, hay que reconocer que, a veces, hace falta tanto valor para quedarse como para irse. Ella y Robert, de cierta forma, encontraron la manera de seguir viviendo el amor, en la distancia; para aliciente y desasosiego de los lectores.










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