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Otras cartas que no se extraviaron, de Dulce María Loynaz, es una de las novedades de Ediciones Loynaz en la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana. El volumen reúne cincuenta misivas dirigidas al pianista pinareño José Antonio Martínez de Osaba. Foto: Rafael Mena Brito

Con la satisfacción que deja un sueño por fin materializado, tras una espera de cinco años, llega a la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana el libro Otras cartas que no se extraviaron, de la autoría de la Premio Cervantes de las letras españolas, Dulce María Loynaz.

El proyecto fue dado a conocer en 2021 por Ediciones Loynaz –el sello editorial pinareño que presenta el texto como una de sus novedades en la actual edición de la Feria–, como homenaje por el 119 aniversario del natalicio de la también Premio Nacional de Literatura 1987.

Pero a diferencia de la correspondencia que la editorial publicó anteriormente en dos ocasiones –dirigida a personalidades de la intelectualidad cubana y, en la segunda parte, al periodista Aldo Martínez Malo–, estas 50 misivas tienen un único destinatario.

Ese honor correspondió al pianista vueltabajero José Antonio Martínez de Osaba (1936-2024), quien custodió como un tesoro, durante más de cinco décadas, esas cartas que abarcaron un lapso de 20 años, entre 1969 y 1989.

No son cartas trascendentales, advierte la profesora María Carolina Mora, quien tuvo a su cargo el prólogo del texto, pero sí «un acto de justicia hacia el pinareño que la descubrió verdaderamente». En ellas «está una Dulce María humana y auténtica, bien lejos del mito que se construyó alrededor de su persona (…) inmersa en un contexto hogareño poco agradable, donde persisten reminiscencias de un mundo desaparecido».

Fue el 16 de marzo de 1969 cuando la poetisa respondió a la amistad desinteresada del joven pinareño, «que la busca sin otra recomendación que el entusiasmo atrevido que solo la juventud posee en grandes dosis». Quizá Martínez Osaba pensó que su deseo de conocer a la Loynaz nunca llegaría a realizarse, pues ella se negó a recibir su visita por causas que contó en esa primera carta.

«No es extraño que un ser acosado por las desgracias se torne tímido y huraño. Creo también que esto puede sucederle a cualquier animalito de la creación. No soy menos que ellos. Y como a cualquier animalito huraño y tímido, me desconciertan las irrupciones de otros seres en mi refugio, me dan impulsos de huir. Sobre todo si se trata de seres jóvenes y por jóvenes más decididos, más seguros de sí mismos que yo», reveló la poetisa.

¿Qué habrá sentido el pianista al verse tan cerca de su deseo? ¿Cuántas veces no habrá practicado la presentación, modulado el tono de su voz, o, incluso, dado vueltas a las verjas que rodeaban la mansión de la poetisa, en el Vedado habanero?

En cambio, ella, con sutileza, pide perdón por su descuido: «Puede Ud. venir –si no me guarda rencor– en cualquier rato que le quede libre y sin más condición que la de avisarme fecha y hora con unos días de anticipación».

Como explica Carolina Mora, en este intercambio de afectuosa intimidad solo conocemos una mitad; las cartas del pianista debemos inferirlas a partir del discurso de Loynaz y de otros conocimientos colaterales.

Gracias a ellas, sabemos que Martínez de Osaba era un joven capaz de trasladarse a la capital solo para disfrutar de unas horas con Bach o Chopin, y que las labores de agricultor a veces le impedían visitarla tanto como hubiese querido.

Este intercambio es también medular para conocer otros detalles, que en el resto de la bibliografía de la autora no quedan claros o no se mencionan directamente: sus hábitos y relaciones con su hermana Flor Loynaz, la prima Peggy, su amiga Angelina de Miranda y su esposo Pablo Álvarez de Cañas.

Lo trascendente de estas cartas son sus pequeños detalles y el testimonio que nos brindan acerca de una de las figuras más importantes de las letras hispanoamericanas del siglo XX, sobre la que pesaron el silencio, leyendas y no pocas injusticias.

Ellas corroboran, una vez más, cómo Dulce María Loynaz convierte todo aquello que la rodea en poesía, desde la forma en que agradece los víveres que le enviaba el joven pinareño, hasta los breves relatos de las escaseces cotidianas de la época. Son testimonio de una mujer «escindida siempre y a contracorriente, por la fidelidad a sí misma», como explica la prologuista.

Otro aspecto relevante es que evidencian, pese a lo que algunos detractores opinaban, el vínculo de la escritora con la vida cultural de la ciudad, en las actividades por el centenario de su padre, el General Enrique Loynaz, en 1971, y en la Academia Cubana de la Lengua, mucho antes de los reconocimientos oficiales y la republicación de su obra.

Cerca del final de estas misivas, en las que por instantes es posible sentir el aroma de una taza de té y escuchar Extraños en la noche –melodía que Martínez de Osaba tocó en el piano Playel de la poetisa–, llegamos a la que puede considerarse la más bella de todas.

Con fecha del primer día de 1988, casi 20 años después de aquella primera carta, la poetisa responde a un recordatorio de Martínez de Osaba sobre su visita frustrada: «Su carta es muy bella y tiene un gran poder evocador: leyéndola he vuelto a ver, como vi hace tantos años, la figura de un joven a través de la reja de mi jardín.

«(…) Porque yo nunca he olvidado que Ud. fue el primer pinareño que se acercó a mí. El primero en buscarme, en adivinarme». Luego le pide que, cuando ella visite Pinar del Río, «usted venga a saludarme y a renovar ante mí la amistad que me ofreció aquella mañana frente a la reja de mi casa».

El cese de este intercambio, cada vez más breve por la progresiva pérdida de su visión, aconteció en 1989, pero no descartamos que Martínez de Osaba la siguiese visitando, incluso después de recibir el Cervantes en 1992.

Los apuntes biográficos del destinatario señalan que, en 1957, integró el grupo de jovenes aficionados al arte lírico que impulsó el género en la occidental provincia y fundó en 1962 la primera agrupación profesional de Teatro Lírico creada en Cuba.

Asimismo, durante varias décadas representó a nuestra cultura en los escenarios de todo el mundo, interpretando piezas de Handel, Mozart, Puccini Wagner y de compositores cubanos como Anckerman, Lecuona, Roig y Prats, entre otros.

Lo innegable es que, aunque su deceso le impidió ver materializado el epistolario, el pianista fue ese puente inicial entre la poetisa y Pinar del Río, provincia a la que amó y donó su biblioteca personal y otros bienes de valor.

De seguro el público loynanciano recibirá, con igual regocijo, esta nueva entrega que contribuye, desde la intimidad, al alcance de la obra de una cubana universal.

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