Los cuentos tienen la viveza de un relámpago; al menos los buenos. Toda persona lectora que guste del género atesora una lista de relatos que le resultan inolvidables, por su ternura, crudeza, genialidad… En un cuento se pueden resumir las más grandes cuestiones filosóficas.
No a todos los narradores les está dado dominar esa forma con eficacia. Sobre ella, el argentino Julio Cortázar tiene unas de las reflexiones más hermosas, escrita precisamente en Cuba:
«…un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia. Sólo con imágenes se puede trasmitir esa alquimia secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre nosotros, y que explica también por qué hay muchos cuentos verdaderamente grandes».
En ese texto, titulado Aspectos del cuento, el autor de Rayuela dice, además, que «la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out». Nuestro país puede preciarse de sus grandes cuentistas, capaces de propinar un knock-out a base de palabras; como Onelio Jorge Cardoso, Eduardo Heras León, Senel Paz, Francisco López Sacha, María Elena Llana, Anna Lidia Vega Serova… y otros muchos de indudable jerarquía artística.
Tal es el caso de Emerio Medina (Mayarí, 1966). En La línea en la mitad del vaso (Editorial Letras Cubanas) –Premio Alejo Carpentier de Cuento 2016– reúne cinco historias cuyos personajes aparecen hermanados, ante los ojos del lector, por la carencia. No importa que tengan disímil género, edad, ocupación, época, les falta amor, autoestima, dinero, paz.
A veces jugando con el límite de lo verosímil (en Verde y azul), o llevándonos al desasosiego, Medina no juzga a sus protagonistas, no pretende condenarlos, como en el cuento que da título al libro: «Ella se culpaba por no tener valor. Por no decirle abiertamente “Me pasa esto y aquello, y aquello puedo soportarlo, pero esto no (…)” Pero… ¿qué habría dicho Armando? ¿Cómo ella podría explicarse y hacerse entender sin llegar a una discusión violenta?»
En Alguien tiene que llorar, Premio Casa de las Américas de Cuento, en 1995, Marilyn Bobes (La Habana, 1955) privilegia la visión femenina de la realidad; y ello le permite acercarse con singular riqueza a tópicos como la amistad, el sexo, la necesidad de querer y ser querido.
El texto que da nombre al volumen es de esos que se quedan en la memoria, por lo que no se dice, más que por lo escrito: «Ella volvió la vista hacia la caja: gris, absurda como la muerte que escondía, como el llanto de Lazarita, como todo el ritual. Supe que Cary volaba con el pensamiento a otra parte, tal vez a un tiempo impreciso, reservado, donde junto a Maritza, junto a ella, yo también hubiera querido estar».
En Universo y la lista (Ediciones Matanzas, 2013) están los mismos conflictos y dolores de los dos libros anteriores; porque tratan, en última instancia, de la Isla y sus peculiares circunstancias. Sin embargo, Laidi Fernández de Juan (La Habana, 1961) lo hace desde el humor.
La autora se regodea en el absurdo, le saca el lado cómico a los desastres y las tragedias y logra arrancar carcajadas, como en Antes del cumpleaños: «Sí, cariño, dime cómo tú ves la cosa. Concéntrate y dime si no te parece hermoso el patio con la mesa de Cecilia la vecina, cubierta con el mantel floreado de mi prima, el cake azul del ingeniero, el cubo con limonada, los caramelos de la rusa que sobren de la piñata y las paredes adornadas con preservativos inflados y recortes de revistas. Imagínate en el centro del patio el dúo de malabaristas con aros, pelotas y palos encendidos, ¿qué te parece mi vida? –Un burdel circense de postguerra– sentenció él».
La cuentística cubana no para de crecer por obra de los nuevos narradores que surgen con fuerza en el país, y merece ser leída y difundida. Es una fuente inagotable de emociones.










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