ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Portada del libro

Con las mudanzas se pierden espacios, hábitos, versiones de una misma, y también cosas; entre esas cosas, libros. Pasado el tiempo, a veces mucho, a veces poco, se termina como la mora de Trípoli, ansiando que la vida nos devuelva las páginas de las que nos deshicimos, aunque no fuera por hastío, sino por necesidad.

En más de una ocasión he deseado volver a esos cuentos de Anna Lidia Vega Serova (San Petersburgo, 1968), de los que me sedujo la crueldad de las situaciones, y a la par, cierta indefensión de los personajes. Al menos así los recuerdo.

Volver a tener un título suyo en casa redobló la nostalgia por aquellos otros que regalé ante la imposibilidad de llevarlos conmigo –los seres humanos padecemos de apego a los objetos, aunque ¿puede considerarse objeto un libro?– y también provocó la emoción consustancial al reencuentro con una escritura que nos ha marcado.

Mirada de reojo (Ediciones Unión, 2010) es un libro hermoso, e inquietante. Las ilustraciones de la propia autora, desde la portada hasta el interior del libro, comunican la misma belleza sutil del texto: sencillez, economía de los elementos, inocencia. Y, no obstante, nada es tan suave, el caramelo dulce tiene un centro ácido.

En la nota de contraportada, desde la que se asegura que Vega Serova es una de las voces más auténticas y notables de la literatura escrita por mujeres en Cuba (y, agrego, por hombres, es decir, de toda nuestra literatura), se precisa que:

«El poder evocador de los objetos suscita (…) incontables asociaciones vinculadas a la autobiografía de una narradora-personaje que dinamita las convenciones del cuento como género. Se trata de un libro peculiar cargado de poesía y reflexiones que cautivará al lector por su singularidad y las virtudes de una prosa concisa, artísticamente inobjetable y cargada de múltiples significaciones a través de esta “mirada de reojo” que se transforma en acuciosa búsqueda y encuentro de esencias y memoria. Un texto que no dejará impasible a sus lectores».

¿Quién es el destinatario de estas viñetas sobre la cama, la mesa, el espejo, la puerta, la lámpara, el teléfono, el café, el inodoro, la escoba…? ¿Un ser de otro mundo, ella misma? ¿Se trata de un relato fantástico, del desvarío o del monólogo de una mujer demasiado sola, demasiado etérea para no vivir sin desasosiego el humano apego a todo lo material?

La escritora logra desnudar poco a poco la naturaleza de su personaje y también la del resto de nosotros: los miedos y obsesiones que se relacionan estrechamente con las cosas que poseemos y nos poseen, con las cuales medimos nuestro nivel de éxito, de confort, y a las que solemos darles más sentido que el que merecerían si reparásemos en cuánto las distancia de nuestra propia fragilidad y fugacidad.

En Miradas… quien lee también mira como de reojo: fisgonea en la intimidad de un hogar y su dueña, y a retazos la va comprendiendo: «¿Hasta qué punto yo soy yo por mí misma y no la suma de pasado, sueños, esperanzas, recuerdos apiñados sobre una tabla?».

Todo hogar es un universo, y pocas veces podemos entrar en ese cascarón que los otros se han construido, para revisar gavetas y botiquines, debajo de los muebles y en los escaparates.

Anna nos da esa oportunidad culposa y, de paso, regalo una lectura disfrutable, donde la dosis justa de incomodidad no anula el placer: «Escribo con lágrimas en las paredes y con saliva sobre mis muslos, en la nata oscura de la noche, en las telas de araña de la esquina, en las manchas de sol. Escribo, escribo, no tengo para cuándo acabar».

Este es un libro difícil de cerrar antes de la última página; y difícil de olvidar; de esos de los que sabemos no hay que desprenderse, si no se quiere algún día suplicar: «Oh, mar…»

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Aris dijo:

1

1 de abril de 2026

19:14:17


"Una mora de Trípoli tenía una perla, y ya cansada de verla, la lanzó con desdén al mar un día..." Cuánto me recuerda mi niñez esa poesía. Y hablando de libros, cuánta nostalgia siento al recordar aquella abundancia de libros que traían entre sus páginas (al poco tiempo amarillentas), obras maestras de la Literatura Universal, obras imprescindibles de escritores cubanos y latinoamericanos, obras del premio "Casa de las Américas" y mucho más. Qué abundancia mágica de libros era aquella década de los 70.