El título Cumbres Borrascosas ha sido mencionado hasta el cansancio durante los últimos meses. En ese ecosistema salvaje y árido que suele ser internet –más que los páramos de Yorkshire– la película de Emerald Fennell, versión libre de la novela de 1847 de Emily Brontë (1818-1848), ha suscitado innumerables debates.
Protagonizado por Jacob Elordi y Margot Robbie, el filme, pese a sus entusiastas y detractores, deja un indiscutible saldo positivo: que se vuelva a hablar del libro, y más importante aún, a leerlo. Incluso, ha abierto la puerta a sanas discusiones, como la calidad de lo que hoy se lee, después de que una influencer literaria dijera sentirse incapaz de entender siquiera la primera página.
Antes tantas opiniones, era imposible que no se despertasen las ganas de releer la historia de dos generaciones atravesadas por la pasión, las diferencias de clase y la venganza.
Cumbres Borrascosas no es solo un relato de amor imposible, y tampoco de regeneración familiar. Eso sería simplificarla. Sus personajes principales no son perfectos; por el contrario, pueden ser egoístas y crueles; y en nombre de ese amor que los supera, se llevan por delante todo lo demás, incluso a otras personas, y a sí mismos.
Amar hasta la aniquilación: una lectura adolescente puede quedarse solo con lo romántico; en la adultez, se advierten otras sutilezas de la trama: ¿estabilidad o ímpetu?, ¿lealtad para con los otros, o con uno mismo?
Lo asombroso es que Emily haya podido escribir tal novela, la única suya, pese a no haber salido casi nada de su ámbito familiar, no casarse y tener una personalidad más bien retraída. Los críticos de su época no entendieron la aspereza del universo que había urdido, el porqué de tanta rabia, maldad, y lobreguez.
Pero Cumbres… ha sido versionada hasta la saciedad, y sigue viva; lo cual nos hace suponer que algo esencialmente humano supo reflejar la autora: quizá que no siempre somos luminosos cuando amamos, y que se pueden hacer cosas terribles por amor.
¿Quién permanecerá impávido ante las palabras de Catherine?: «Nunca sabrás cómo lo amo; y no porque sea guapo, Nelly, sino porque él es más que yo misma. Cualquiera que sea la sustancia de que están hechas nuestras almas, la suya y la mía son iguales (…) él es el gran pensamiento de mi vida. Si todo lo demás pereciera y él se salvara, yo seguiría existiendo; y si todo lo demás viviera y él se aniquilara, el universo sería para mí un mundo extraño; yo no me sentiría parte de él».
La Brontë, que apenas un año después moriría de tuberculosis, creó en Heathcliff uno de los personajes más subyugantes y moralmente ambiguos de los clásicos. Con respecto a Linton, su rival, dice el protagonista: «Aunque él la amase con todas las fuerzas de su alma mezquina, no podría amarla tanto en 80 años como yo en un día. Y Catherine tiene un corazón tan profundo como el mío. Un cubo no puede contener el océano ni él puede avasallar todo su amor (…) No está en su mano el ser amado como yo. ¿Cómo puede ella amar en él lo que no tiene?».
Si Cumbres Borrascosas es la novela de la desesperación y el duelo («¿qué es lo que no está asociado con ella? ¿y qué no me la recuerda? ¡No puedo mirar este piso sin que vea sus facciones grabadas en las losas! ¡En cada nube, en cada árbol, llenando el aire de noche y vislumbrada en cada objeto del día, me veo rodeado de su imagen!») nos regala un final parcialmente feliz, consolador; aunque nada empalagoso.
Hablar del amor sin caer en lo manido, y que no parezca cursi o trillado ni siquiera cuando lo leemos ahora, habla de la altura de la obra, y de la de su escritora; todo ello, además de las estructuras de la narración, y los otros personajes inolvidables que aparecen tras aquellas palabras iniciales: «Acabo de visitar al dueño de mi casa, el único vecino que habré de padecer…».









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