ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Portada del libro

Leemos Una canción al sur de la eternidad, antología poética (1984-2025), del poeta venezolano Tarek William Saab –casi 550 páginas rubricadas con el sello SurEditores– y el encuentro es con una poesía de acordes milenarios y a la vez contemporánea.

No es, al menos en nuestra opinión, una lectura fácil, de esas que, al instante, retienen versos en la memoria. No hay, desde el principio, esa identificación que embauca y te ata al libro. Ante el roce primicial, el lector es espectador de la escena, hermosa, pero que no ha hecho propia, como tantas veces sí sucede frente al decir lírico; sin embargo, cuesta cerrar sus páginas porque, sin siquiera saber de dónde viene, alguna voz le advierte sobre lo que vendrá. 

Gusta Tarek William de esos poemas enumerados que ensartan y, a la vez, separan pasajes líricos que luego son uno, para dar consistencia a la pieza. Los veremos con frecuencia y lo advertimos desde que se abre el libro: 

(1) ELLA / parecía reencarnar al perdido mestizaje de las serpientes /Místicas/ Sacras/ Elegíacas: / Capaz de hacer brotar en un pecho / agonizante por la cólera / el Amor.../ (2) Ella gustaba de los parajes tristes / y melódicos / Donde los detalles tornan a querer ser / embrujo / (o actos de encantamiento) / A la semejanza del pajarito señalado / a vivir como extraviado del monte / y su oscuridad (...). (21) –Voy! / Ya entraré y me asomaré en sus bellos ojos / Ya correré sus suaves pestañas y veré al vidrio / Y de la miel de su mirada beberé / Embriagando a esos tibios senos de loto con un beso / Con un dulce beso que nos señale la eternidad / abrazados y cercanos en una profunda oración (Una canción al sur de la eternidad).

El viaje, como un ir y venir desde –y hasta distancias celestiales–; la perpetuidad humana, la naturaleza como identidad, lo terrenal como enigma e indicio… son temas que integran este corpus poético en el que se agrupan más de 40 años de una poesía en la que pulsa con erótico vigor el sentimiento amoroso, y que no prescinde de preocupaciones sociales, como parte de la visión del individuo.

Con toda razón, lo expone en el prólogo del libro el poeta y crítico venezolano Luis Alberto Crespo, Premio Nacional de Literatura: «Hay mucho de sagrado en esta escritura culminante, pero se trata de lo sagrado no como revelación sino como lo irremediable en nuestro diario vivir, a pleno sol, en la niebla, a medianoche, la hora del insomne que escribe sobre el hilo de la página».

En Abajo de los pozos, el poeta, en condicionales actos de un habla que termina desengañándolo, por la obvia negativa de sus añoranzas, expresa:  (1) Si amar fuera volver / y no envejecer nunca más / Si fuera andar de noche desnudo bajo la lluvia / y no caer / Si fuera ir y venir / jugando en los parques del sol / (2) Si fuera un gusto / intermitente / inacabable / irrenunciable al esplendor (3) Si amar fuera siempre siempre / una palabra precisa / una exacta visión / jamás mancharía estas páginas.

Como quien hace notas al pie de la vida, se conciben estas décadas de poesía escrita, viñetas de la existencia de un ser que se mira (1) (…) en la corteza de un árbol / reconozco mis cicatrices allí fuera / también dentro, dentro donde vive el horror / Me digo: «No importa, existo y ando / alterando ciertas aguas inmóviles, / sé desaparecer».

Cargados de sensaciones, llegan al lector estos versos-estampas, revestidos de una fuerza expresiva tal, que, ya avanzada la lectura, ofrecen el laberinto existencial del sujeto que los ha compuesto. Cierto es que, ante el primer asomo, puede sentirse algún «vértigo», propio de esa entrada en un universo ajeno; pero pronto el intelecto se acomoda, caminas por él, y ya no eres allí un extraño.

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