ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Portada de la nueva edición. 

Hay libros que se convierten en experiencias vitales. Permanecen asociados a un sitio, una época, un sentimiento… porque leerlos fue un estremecimiento, el punto de giro o la puerta que necesitábamos para seguir creciendo.

El Gran Gatsby, una novela que está cumpliendo cien años, escrita por el estadounidense Francis Scott Key Fitzgerald (1896-1940), será siempre, para quien escribe estas líneas, sin remedio posible, el cuarto de una adolescente, la cama estrecha, la luz opaca de la lámpara, y la mesita de noche desbordada de libros.

Aquellas pocas madrugadas, acaso solo una, bastaron para sentir como propios el dolor de un gran amor inmerecido, el precio de las obsesiones, y el alcance insospechado del egoísmo humano. Y también para descubrir la maravilla de una prosa sobria y de una narración sutil. Ninguna adaptación cinematográfica podrá superar jamás esa angustia genuina, tras el punto final.

Ahora, cuando ya los detalles de la trama se han desdibujado en la memoria, al punto de ser necesaria una relectura, es posible volver a aquel capítulo inicial: «En mis primeros y más tiernos años, mi padre me dio un consejo que desde entonces hago dar vueltas en mi mente: “Cuando te sientas con deseos de criticar a alguien –me dijo– recuerda tan solo que no todos en el mundo tuvieron las ventajas que has tenido tú”».

Una nueva edición del clásico, a cargo de Arte y Literatura –como parte de esa hermosa colección que por estos días presenta nuevas propuestas en la Feria del Libro: la Biblioteca del Pueblo–, está a disposición de los lectores cubanos. La nota de contraportada invita al descubrimiento:

«El joven Nick Carraway se establece en una sencilla propiedad a un lado del estrecho de Long Island, cerca de la mansión de Gatsby. Cada noche, las fiestas del millonario derrochan excentricidad y glamur (...). Nick será el narrador de la novela y otorgará una visión crítica de la decadente sociedad norteamericana de los años veinte».

Pocos protagonistas de la literatura universal resultan tan misteriosos y fascinantes como Gatsby. Fitzgerald, exponente de la llamada generación perdida, logró dar vida a un hombre que despierta conmiseración, a la vez que lo admiramos.

El autor nos invita a la censura. No obstante, en El Gran Gatsby también queda abierta la oportunidad a la autorreflexión, pues si bien retrata una etapa determinada de la realidad de su país, suscita valoraciones que trascienden cualquier determinación geográfica y temporal.

Repasando las 172 páginas llegamos al final: «Gatsby creía en la luz verde, en el fastuoso futuro que año tras año retrocede ante nosotros. Se nos escapa ahora, pero no importa, mañana correremos más rápido, alargaremos más los brazos para alcanzarle… hasta que, una hermosa mañana…

«Y así seguimos, luchando como barcos contra la corriente, atraídos incesantemente hacia el pasado». Pero el punto final no es tal. Todo buen libro nos habla del futuro.

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