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Esta antología es una opción excelente para adentrarse en la escritura de María Elena Llana. Foto: Yeilén Delgado Calvo

Ante la obra de una gran escritora o escritor es frecuente leer alguno de sus textos cumbre y decirse: «Solo por esto merece la inmortalidad». Así sucede con María Elena Llana (Cienfuegos, 1936), y varios de sus relatos.

Basta adentrarse en Cuentos al azar (Editorial Cauce, 2016), un libro que todavía puede adquirirse en librerías, para constatar que el Premio Nacional de Literatura otorgado a Llana es completamente merecido; la riqueza de los universos por ella imaginados prestigia las letras cubanas.

La antología, conformada por la propia autora, recoge 20 de los más de 200 «hijitos» que para ese momento ya tenía escritos; pero el azar anunciado en el título no es literal, están agrupadas allí piezas que marcaron etapas en su quehacer creativo, es decir, una secuencia vinculada a su tiempo vital:

«Mi primer libro no revela angustias existenciales. El segundo es más bien una reflexión condescendiente sobre un sector de la sociedad. A partir de entonces se mezcla lo observado con lo vivido, y el humor amplía su espacio para sublimar laceraciones».

En efecto, en las casi 190 páginas del volumen asistimos al tránsito de la escritora por distintas inquietudes, abordándolas siempre con un estilo suelto y limpio, capaz de hacernos reír, llorar y también estremecernos de miedo o de sorpresa.

Hay una belleza increíble en las atmósferas dementes, fantasmagóricas y los entrecruzamientos temporales de cuentos como Nosotras, Claudina, Verano, y Alondra pasa.

¿Quién no quedará atrapado tras leer: «El hecho de que la ovalada luna, un poco moteada de negro por la acción del tiempo, reflejara a los muertos de la familia en vez de a nosotros mismos, no fue causa suficiente para alterar nuestros hábitos de vida»? (En familia)

Sin forzar nada, María Elena juega con la realidad, la estira como material moldeable, y terminamos por asumir, sin cuestionarlo, que, en Añejo cinco siglos, Chabela se tropiece en la noche de una Habana actual con Isabel de Bobadilla, ambas penando por sus amores que parten. La historia es delirante y profunda, porque nos obliga a posicionarnos frente a lo que parece ser un sino extraepocal: los hombres se van, siempre buscando algo, y las mujeres quedan a la espera.

Otros textos como Yeyo, Simbiosis y Ronda en el malecón, se adentran en las carencias económicas, las desigualdades y la pérdida de valores con una delicadeza difícil de encontrar. Hay un humor cálido que suaviza las amarguras, y un feminismo muy genuino.

«Todo lo que marcó su momento, irradia», dice Llana en la presentación de la antología, y al cerrar el libro asumimos esa frase para resumir la experiencia. Ese irradiar es ya para siempre, como cuando Claudina abandona la casa:

«La habitación, la hallé otra vez mustia, más inhóspita y desolada de lo que nunca fue. Evidentemente, ya no estaba quien la llenó de sol. Cerré la ventana y se extinguió el último rumoreo de los pájaros invisibles». Suerte la relectura, que nos devolverá sus trinos.

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