
Para los amantes de la literatura el mundo bien puede dividirse entre los que leen y los que no lo hacen. Con frecuencia sucede que de padres lectores nacen hijos lectores; pero también hay hijos de polillas que no tendrían, ni siquiera al final de la lista de sus actividades, la lectura.
El amor por los libros puede darse «silvestre»: sobran ejemplos de seres que no vieron jamás en casa esa invención humana y consiguieron, sin importar el modo, tenerlos en sus vidas. Otras personas, condicionadas por la cultura familiar, reciben desde que ven la luz –incluso antes, cuando se ha guardado un libro para cuando lleguen– las influencias del hogar y son conducidas fácilmente al regazo de la literatura.
Quienes creemos que teniendo cerca los libros el mundo puede ser mejor, estamos en el deber de conseguir que la gente lea y para ello no basta decir cuánto de bueno nos proporcionan. Hay que acompañar: si se es maestro hay que hacer como hacía el joven Carpentier cuando impartió clases. Leer en voz alta, saborear el idioma, que es otro modo de enamorarnos de las letras; y si somos padres, abuelos o tíos lectores, hay que convertir en ceremonia el momento de acercar al niño al librito de cuentos, ese que será superado después por otro, si sembramos en ellos el deseo de desentrañar el misterio, el otro horizonte.
Perdone el lector (me refiero ahora al de Granma) que en el espacio que debe aprovecharse para hablar de un libro, aparezcan estos apuntes. Pero no puedo menos que comentarlos cuando a ello convida un libro como En busca de la piedra verde, con sello de Ediciones La luz, infantil, firmado por una mujer extraordinaria, amiga de Cuba, que cedió sus derechos para la publicación de este libro, la escritora y activista humanitaria norteamericana Alice Walker, capaz de escribir una novela como El color púrpura, texto medular de denuncia al racismo y otros males sociales, llevado al cine en 1985 por Steven Spielberg y merecedora del Premio Pulitzer en 1983, y el American Book Award.
«Cada uno nace con su propia luz especial, la cual está representada en esta historia por la piedra verde. Ella es nuestra más íntima franqueza, amabilidad y consideración. Es nuestro amor por uno mismo y por el otro.
A veces si no protegemos este “suave” sitio en nuestros corazones, podemos hacer cosas perjudiciales que nos hieren y también hieren a otras personas y al mundo que nos rodea». Así explica Walker la esencia de este cuento que narra la necesidad imperiosa de un niño llamado Johnny de encontrar su piedra verde, símbolo de nobleza, que ha perdido a fuerza de lanzar miradas siniestras a los otros, musitar cosas desagradables, ofender, menospreciar el esfuerzo ajeno, hacer juicios egoístas e injustos.
«Johnny se dio cuenta de que tomando la piedra verde de otra persona nunca la haría suya. Además, se sentía solo bajo el gran árbol y pasarse todo el día aparentando ser un chico malo era muy aburrido». Su hermana, Katie, lo acompañará a encontrar la mágica piedra perdida, en un viaje que acortará el momento de la definitiva recuperación a medida que el niño reconozca sus malas acciones y decida enmendarlas por medio de la disculpa sincera y la resolución de no incurrir en sus reconocidas faltas.
El libro es también un canto a la tolerancia de las almas de mayor talla, al perdón justo cuando es merecido y a la suma imprescindible de los seres humanos para conseguir en sus comunidades, que son a la larga un país y un mundo, la altura espiritual sin la que no hay felicidad plena; un himno al brillo colectivo desde el parpadeo individual de sus habitantes, semejante al mar de fueguitos que pintara aquel «hombre del pueblo de Neguá».










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olga sánchez guevara dijo:
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21 de noviembre de 2018
07:39:28
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olga sánchez guevara dijo:
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21 de noviembre de 2018
16:30:44
Madeleine Respondió:
21 de noviembre de 2018
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