A cada rato hago escrutinio en mi librero. Y aunque no se le parece al que le hicieran el cura y el barbero al del pobre Don Quijote –recuerde el lector que les prendieron fuego a una buena parte de los libros–, lo cierto es que algunos de los ya leídos pasan definitivamente a otras manos que los reciben como todo un donativo.
Hay libros que, aun cuando su dueño lo piensa dos veces para desprenderse de ellos, pasan la prueba y saltan; hay otros que echan raíces en uno y regalarlos –o hasta prestarlos– constituye un acto de absoluta negativa. A estos pertenece un librito que vio la luz en 1973 con el nombre de Fábulas y sello editorial de Gente Nueva. Desde entonces y para siempre compartimos techo y está entre aquellos que salvaría de un cataclismo o con el que cargaría para la isla a la que es posible llevar solo un objeto.
Aprendidas algunas de sus piezas desde la infancia, y habiendo incorporado a la cuota de conocimiento que me corresponde archivar muchas de sus enseñanzas, las fábulas socorren frente al aprieto, lo mismo para la defensa instantánea, que para razonar pausadamente el problema en cuestión. En ellas descansa un saber milenario que no falla; aprenderlas es útil; aprehenderlas es sapiencia.
Por estas razones fui tras las Fábulas de Jean de la Fontaine (título publicado en el 2007, también por Gente Nueva, editorial siempre atenta a lo mejor de la literatura universal), adquirido hace unos años en una librería de barrio, para que el torrente de savia popular que significa consumir este tipo de texto siga siendo sano sustento.
Más de 330 páginas de apólogos, como también se les llama a las fábulas, escritas por el poeta y fabulista francés (1625-1695), y compiladas y prologadas aquí por Esteban Llorach Ramos, darán gusto a los amantes de un género que al decir de De la Fontaine se compone «de dos partes que pueden llamarse cuerpo y alma. En su cuerpo la fábula; su alma la moraleja».
Protagonizada preferentemente por animales –aunque también por objetos y por el propio hombre–, la fábula es reducto del conocimiento humano.
Comparten la historia casi siempre dos personajes, que la mayoría de las veces establecen un diálogo sobre el asunto en el que se propone pensar. En ella está el cuestionamiento, la catarsis, la evaluación de los sucesos cruciales de nuestro entorno. Consumirla como es debido entraña para el lector un acto de autorrevisión ética, que exige a sí mismo saber de qué lado se está; y aunque en defensa propia el ser pugne por colocarse del lado de la honradez, el recato o la inteligencia; la fuerza de la moraleja nos habla y coloca en el sitio justo de nuestras actitudes.
Acompañadas por las ilustraciones de Gustave Doré (Francia, 1833-1883), las fábulas de De la Fontaine respiran diversión y compostura. La prepotencia, la envidia, la injusticia y otros tantos vicios hallan en estas páginas, desde la voz del genio, denuncia mordaz, cuando no soluciones.
Una verdadera delicia, además de un ejercicio de purificación que nunca sobra, resultan estos versos que tanto cuesta citar, por ser todos, una joya. Ojalá que este fragmento concluyente de La alforja estimule a la búsqueda del libro, aún en algunas librerías y en muchas bibliotecas, y que de paso nos convide a mirarnos autocríticamente y a no ser en extremo severos con los otros:
Con grande caridad nos perdonamos / Lo propio que al vecino condenamos, / Y tenemos dos modos diferentes / Para vernos y ver las otras gentes. / Artífice divino / Dio a todos de alforjeros el destino; / En la alforja trasera /Nuestros defectos van, y no los vemos; /En la otra, delantera, / Los defectos del prójimo ponemos.









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MM dijo:
1
17 de octubre de 2018
11:13:17
Lisvanys Respondió:
12 de noviembre de 2018
16:27:15
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