ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Fotograma de Un minuto de gloria, filme de los búlgaros Kristina Groscheva y Peter Valzanok. Foto: Fotograma de la Película

Doloroso mapa moral sobre la sobrevida en los países de Europa del Este tras el paso al capitalismo queda configurado en Un minuto de gloria, filme de los talentosos directores búlgaros Kristina Groscheva y Peter Valzanok, visto en Cuba en su momento y el cual recordamos en Apuntes de Cine, a los diez años de su estreno.

Cine social europeo de la mejor pinta, con reminiscencias temático–estilísticas de Loach, Guédiguian, Mungiu y los Dardenne, Un minuto… es la historia de un pobre tipo que tiene la mala idea de ser honrado en un país consumido por la desidia, la mentira, la corrupción institucional y el fraude: lastres que la cinta bien fustiga.

Tzanko (Stefan Denolyubov), guardavía del ferrocarril, sobrevive a un destino de pena, con meses de retraso en su pago y un mísero salario mensual en la Bulgaria poscomunista. Durante uno de sus recorridos diarios por las líneas, en busca de tuercas flojas en los raíles, él se encuentra una bolsa con un millón de levas (moneda empleada en 2016; el país eslavo adoptó el euro en enero de 2026).

Una suma que el honrado hombre, pese a sus penurias y habitar en un cuarto misérrimo lleno de moscas, tiene la idea de reportar.

Pero –como ya nos lo anunciaban los mismos directores Groscheva y Valzanok en su también excelente filme de crítica social La lección (2014)– en la Bulgaria de hoy cuesta mucho ser honesto.

Tzanko entrega el dinero y cuanto comienza entonces es una anuladora odisea humana. El Ministerio de Transporte –sumido en corruptelas y crisis de diverso tipo, a las cuales la película alude desde su mismo inicio– aprovecha la oportunidad para sacarle partido al poco común acto de honestidad del sujeto, en el intento de venderlo como ejemplo de la limpieza en el proceder de esa cartera. Y arman su puesta en escena, su tinglado falaz.

La campaña de propaganda del Ministerio de Transporte resulta liderada por Julia Staykova (Margita Gosheva, actriz protagónica también en La lección), cínica y manipuladora jefa de prensa, quien, junto a su jefe y sus subordinados, trata a Tzanko como un pelele con quien juega a su antojo y a quien emplea como cortina de humo para desviar el foco de la crisis de corrupción ministerial.

Durante el acto de entrega de un reconocimiento a Tzanko para distinguir su acción, el tímido y tartamudo ferrocarrilero intenta informarle al titular de Transporte sobre el robo del combustible a los trenes y otros males, de los que el dirigente no quiere saber nada, porque su aparato completo está hundido en el cieno.

El filme se bifurca, en su segunda hora, en el problema de Tzanko y el viejo reloj suyo que deja en manos de la gente de Julia, para que se lo guarden antes de recibir uno nuevo de parte del ministro, en el mencionado acto. El reloj –que su padre le había obsequiado– se extravía, a causa del desinterés de Julia y la gente del Ministerio.

Tzanko, casi sin poder hablar debido a su gagueo, desesperación, y con apenas unas levas para transportarse a Sofía (la capital), hace hasta lo indecible para recuperarlo. Pero Julia no lo ayuda.

La cinta es la lancinante parábola de una sociedad enferma, donde muchos le hacen el juego al poder en su afán de medrar o sobrevivir, y donde lo correcto recibe la mofa o el rechazo. E induce a ser revisitada en tiempos cuando son relativizados u olvidados muchos valores, a favor del pillaje, el pragmatismo y el provecho.

Los directores de El padre (2019) y Triunfo (2024) saben que cuanto tienen entre los rollos de su cinta es angustia a 24 cuadros por segundo; de tal que lo trágico lo mixturen con lo cómico –humor negro y humor puro sin adjetivos–, destilado entre la misma imagen y los dichos/hechos de Tzanko, junto a las malas mañas de Julia.

A tal objetivo ayudarán los actores Stefan Denolyubov y Margita Gosheva en su rica defensa de los dos personajes protagónicos. La pródiga composición de esta actriz, su trabajo con el rostro, la locuacidad chispeante de su mirada (ella logra aquí fabricar sarcasmo con los ojos, algo bien difícil de conseguir) opera como un factor de equilibrio y en tanto gozne fundamental entre las dos ramas representacionales clásicas fundidas en esta tragicomedia.

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