A despecho de la reticencia de Hitchcock a filmar con niños –puntualmente ignorada por Chaplin, Truffaut, Klímov, Erice, Armendáriz, Tornatore, Yimou, Sverák, Salles, Benigni y tantos más–, parte de la pantalla iraní (sobre todo la de los tres lustros que corren de 1985 a 2000: su etapa de mayor intensidad) se valió de ellos para componer relatos fílmicos imborrables al paso del tiempo.
Varias de tales producciones pueden apreciarse, durante todo el mes de abril, en el ciclo de la Cinemateca de Cuba titulado Milagroso cine iraní protagonizado por menores.
Ni antes ni después de dicha corriente existió en la historia del cine una tendencia tan marcada (dentro de otra industria) de trabajar de forma sistemática con niños en tanto leitmotiv de los planteos dramáticos de los filmes; de visionar el presente e interrogar el futuro desde los prismas de estas criaturas.
Ellos, los pequeños personajes estelares de semejantes cintas, establecen un puente comunicacional con el receptor, no solo con el objetivo de trasladarle sus cuitas o deseos, sino en pos de dialogar en torno al ser humano, a nuestra especie, con el propósito de hablarles sobre características vitales que nos podrían hacer permanecer en tanto raza superviviente de cara al mañana.
Son películas habitadas por personajes infantiles (sin ser cine infantil) abocados a la búsqueda, la añoranza y el anhelo. Poéticas, bellísimas y algunas de ellas de fortísimo componente nostálgico.
Tiene, también, un efecto muy doloroso visionar estas gemas fílmicas repletas de niños y niñas, al pensarse en la masacre contra las 165 pequeñas de la escuela primaria de Minab, cuando –como parte de su agresión imperialista a Irán–, el 28 de febrero EE.UU. lanzó varias andanadas de misiles Tomahawk contra el centro.
El colegio de Minab es una de las más de 750 instituciones educativas dañadas por los bombardeos conjuntos de dicho país e Israel a la nación persa, donde en 40 días de ataque quedaron devastadas 125 000 infraestructuras civiles: 100 000 viviendas; una de estas, por cierto, la del fallecido maestro del cine iraní Abbas Kiarostami, presente él en el ciclo de la Cinemateca.
Los infantes de estas películas casi siempre procuran algo: ya sea hallar el hogar de Nemadzaré por Ahmad, el compañerito de clases, para devolverle el cuaderno escolar confundido (¿Dónde está la casa de mi amigo?, Abbas Kiarostami, 1987); el pececito de colores de Razieh (El globo blanco, Jafar Panahi, 1995); el camino de vuelta a casa de Mina (El espejo, Panahi, 1997), o el afecto negado a Mohammad por el padre (El color del paraíso, Majid Majidi, 1999).
Son pequeños grandes héroes que, desde la primigenia El corredor (Amir Naderi, 1984) hasta Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaj, 2007), pasando por disímiles títulos, se recortan sobre un entorno social en el que deben sobreponerse, a menudo, a las condiciones poco favorables de un país bajo acecho permanente desde hace décadas, demonizado por el relato hegemónico.
La metodología fílmica de dichas cintas, erigida en cuño de fábrica de la casa, acude de forma recurrente a la transparencia en la puesta en pantalla, a escenarios reales y abiertos en los cuales la naturaleza eventualmente se enseñorea del cuadro con su gama de sonidos –por lo general directo en pantalla– y luminiscencias.
Al margen de lo difícil de trabajar con niños, increíblemente son películas de pocas tomas (la economía manda), filmadas por supuesto según guiones previos, aunque en la práctica sobrescritos sobre las urgencias descubiertas en el set, a veces hasta por esos mismos pequeños protagónicos que son intérpretes naturales.
Dichas películas sacan trigo del color local sin «postalizar» ni perder camino en afanes didácticos. Suelen prescindir de explicaciones narrativas, bordean la línea que cruza entre la ficción narrativa y el texto etnográfico, y están armadas a partir de anécdotas mínimas o premisas argumentales de apariencia simple, que, sin embargo, a cierta altura implosionan o estallan ante los ojos del espectador.
Tráiler de ¿Dónde está la casa de mi amigo?:










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