ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Escena del drama griego Señorita Violencia. Foto: Fotograma de la Película

Al cine inicial de Giorgos Lanthimos –en específico a Canino (2009) y Alps (2011) –; así como a Attenberg, filme dirigido por Athina Rachel Tsangari en 2010, se interconecta, en su ahogado resuello espiritual, un largometraje del molde de Señorita Violencia.

Más amarga que la más amarga de las tragedias griegas, la película del realizador helénico Alexandros Avranas constituye un crudísimo retrato de la descomposición moral absoluta de una familia en la Atenas de la actualidad, sobre todo de su cabeza masculina.

León de Plata en el Festival de Venecia para Avranas y merecida Copa Volpi del mismo certamen para su protagonista, Themis Panou, Señorita Violencia es –desde mi apreciación–, la cinta más desoladora de la nueva ola de cine griego del siglo en marcha.

La película se abstiene del humor tangencial o la ironía subyacente de algunos títulos de la corriente, y hace un muy singular uso de la proclividad al simbolismo de sus predecesoras. A remarcar en tanto particularidad distintiva, en sus imágenes el espectador no encontrará remanso posible para el más leve signo de distensión.

Todo resulta terroríficamente negro en una obra que, ya traspasada su magnífica área introductoria (tempo, manejo del suspenso, la callada tensión del cuadro, proporción informativa de indicios de la tragedia a sobrevenir, instauración de la atmósfera opresiva general del relato, esos enervantes silencios…), se instala desde su nudo en un tono hiperbólico del cual jamás emergerá hasta el no por sugerido menos impactante cierre.

Película irrigada por chispas del magma genético del danés Thomas Vinterberg (en especial su Celebración) o los austríacos Ulrich Seidl/Michael Haneke, no la lastra tanto su apuesta suicida por lo extremo –algo válido en el arte y siempre superado por la crispante realidad–; sino la ausencia de matices, la acritud total.

La tragedia habita el filme desde la secuencia prologar, cuando celebran el cumpleaños de la pequeña Angeliki. A la hora de tomar la foto de familia, mientras suena nada más y menos que Dance me to the end of love –canción de Leonard Cohen inspirada en el Holocausto–, la niña de 11 años se lanza desde una ventana en la altura y rompe sus sesos contra el adoquín.

Angeliki es una de las hijas pequeñas de un (nada más en apariencias) tranquilo trabajador, perteneciente al furgón de cola de la clase media baja, quien asegura a las instituciones, o a las pocas personas que interactúan con el núcleo familiar, que todas las niñas de la casa son sus nietas, descendientes de su hija mayor.

La verdad será otra. El hombre las concibió (también a un varón) con esta última hija, en un múltiple caso de incesto y explotación sexual, mediante el «consenso» obligado de su esposa. Antes de arribar a la pubertad, prostituye a las niñas con viejos adinerados, en busca de sobrevivir a las carencias financieras. Luego, las viola.

Señorita Violencia no es plato para todas las mesas. Sus dos horas suponen experiencia harto agobiante, en las cuales el espectador mortifica a las entrañas durante cada plano; mientras que, por otro lado, elucubra sobre las insanas formas de expresión del poder, idea hacia la que, en ciertas ráfagas conceptuales, pretende discursar Avranas en su segunda incursión fílmica.

El también coguionista habla en este largometraje exhibido en Cuba de los mecanismos de dominación a través de la violencia física, sicológica y el engaño al amparo de inventadas tradiciones. No hay que ser demasiado sagaz para colegir su afán inductor de dialogar sobre la dominación masculina familiar, en tanto clave de un orden de expolio superior, total que supera, por mucho, ese contexto.

Desde la cartografía íntima también parece apuntar a los gobiernos que desangran, violan y saquean a sus pueblos, bajo la excusa de su presunta defensa. El mensaje de Señorita Violencia deviene ecumenista, válido, vigente (no obstante, extremadamente forzado); no solo en la tierra donde inventaron la hoy día humillada democracia y Medea mató a sus hijos. Doquiera.

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