La voz única (rugosa, rota, profunda) y los ojos enamorados del mundo (transmitían amor, asombro; aunque igualmente el brillo pillastre que tan bien empastaba con algunos filmes como Truhanes) de Francisco Rabal encuentran una cercanía permanente entre los conocedores del cine, pero también alcanzan a otros menos curtidos, en estos días del centenario del actor español.
Igualmente es, 2026, el año en el cual se conmemora un cuarto de siglo de la muerte del artista nacido el 8 de marzo de 1926, en Murcia, España, y fallecido el 29 de agosto de 2001, en Burdeos, Francia. Destacó por su compromiso político, fue miembro del Partido Comunista Español y defensor de diversas causas progresistas.
Parte del gran cine del siglo XX está impregnada del intérprete. Forman parte de las antologías sus actuaciones en Nazarín (rodada en México), Viridiana o Bella de día (filmada en Francia), las tres a las órdenes del maestro Luis Buñuel; Llanto por un bandido y Goya en Burdeos, las dos dirigidas por Carlos Saura; La colmena y Los santos inocentes, ambas bajo la égida de Mario Camus…
En esta última película compone, mediante sorprendente transformación integral, a Azarías (uno de esos personajes eternos, de los que forman parten del imaginario de todos los cinéfilos, más allá de sus generaciones), tan sano y noble, siempre junto a su ave compañera, Milana, entre las manos, queriéndola y protegiéndola en medio de una campiña ibérica presa de abusos y desigualdades.
Gracias a su Azarías, Rabal logra que experimentemos el candor, la humanidad; también el dolor y el rencor de un personaje representativo de las clases sociales pisoteadas por el franquismo.
Las imágenes de Azarías junto al pájaro (su «Milana bonita»: frase igual de célebre que los fotogramas) son de esas recurrentes, que hacen tragar en seco cuando se mezclan la afición al séptimo arte con la nostalgia por tiempos y películas que ya no volverán.
Resulta tan extensa la filmografía de Paco Rabal (como se le conocía), que limitar sus grandes composiciones a los títulos antes consignados sería reduccionista.
Este primerísimo actor, con premios en los principales festivales del planeta (incluído el de Mejor Intérprete en Cannes) labró, asimismo, notables defensas histriónicas en otros largometrajes, bajo la bandera de diversos directores, no solo españoles. Y también en series televisivas.
Con Mario Camus había intervenido en Fortunata y Jacinta, si bien fue el torero retirado, personaje principal de la serie Juncal, de Jaime de Armiñán, el papel de su vida en el medio catódico, como antes lo sería el de Los santos inocentes en la pantalla grande.
Desde 1942, por espacio de casi seis décadas, protagonizó o fue secundario de más de 150 películas, varias para directores del prestigio de Luchino Visconti, Michelangelo Antonioni, Jacques Rivette, Claude Chabrol, William Friedkin, Vicente Aranda, Pedro Almodóvar, Gonzalo Suárez, José Luis Cuerda o Alain Tanner.
Con este último realizador filmó El hombre que perdió su sombra (Premio al Mejor Intérprete en Montreal). En su rodaje, Rabal destacó la gran identificación experimentada con su personaje de Antonio: «Yo también soy comunista, porque como dice Antonio en la película, el comunismo no ha muerto, lo que ocurre es que no ha empezado». Lo dijo en 1991, cuando muchos daban por liquidada la doctrina política que propugna la igualdad entre los seres humanos.
Premio Nacional de Cinematografía, en 1983, sobre ese gran actor de carácter llamado Francisco Rabal –cuyo centenario conmemoramos hoy en Apuntes de Cine–, se han publicado 24 libros, cifra gracias a la cual se instituye en el intérprete español con más repercusión literaria en la historia.
Trailer de la película Nazarín:









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