Cuando me veo en la obligación de seleccionar mi película favorita de Ettore Scola, me siento como Stefanía Sandrelli al intentar decidir a quién corresponder entre los tres amigos de Nos habíamos amado tanto, solo que en este caso serían más de tres filmes.
De todos modos, la predilección se inclina, a la larga, hacia Un día especial, conocida en partes de Iberoamérica como Una jornada particular, César y Globo de Oro al Mejor Filme Extranjero.
Esa obra fílmica de 1977 se ambienta en un día de julio de 1938, cuando Hitler visita la Roma fascista de Benito Mussolini.
Mientras eso sucede a escala macro, ocurre una historia mínima, centrada en el encuentro de dos personajes riquísimos, escritos y encarnados a placer; par de seres tan esquinados y solitarios como ese edificio del cual son sus únicos inquilinos durante la jornada en la que todos los demás acuden al desfile en honor al jefe nazi.
Ella (Sofía Loren) es una ama de casa hastiada, malquerida y fascista más por reflejo condicionado que por una convicción auténtica afirmada en principios sólidos. Él (Marcello Mastroianni), un locutor y periodista homosexual, contrario a aquella filosofía bárbara que el Gobierno de la época asumió por ideología.
Son Antonieta y Gabriel dos seres inicialmente antitéticos, quienes logran abrirse el uno al otro, para a la postre desterrar las diferencias que los separan y triunfar en la comunión de las dos bellas humanidades que acompañan a sus figuras igual de bellas.
Es una cinta mágica, magnética, de una extraña alquimia que combina felicidad y melancolía; oda a la concordia, al entendimiento y al amor en los seres humanos, pese a su diversidad.
Scola fue de los cineastas que mejor supo auscultar el ser nacional, la «italianidad», la sociedad, la historia, la familia, los vicios y costumbres de personas situadas en medio de contextos de cuyos vínculos él extrajo notables acuarelas y pertinentes valoraciones vertidas a esa especie de pizarrón social que es su cine.
Un cine, además, con su propia visión del diferente. Él mismo lo explicó alguna vez: «Quizá yo conserve de mi infancia una mirada más atenta y más afectuosa sobre los seres diferentes, no solamente los pobres, sino también los discapacitados, intelectuales o físicos, y los miembros menos privilegiados de nuestra sociedad, los marginados, o esa chiquilla obesa a la que sus compañeras hacen el vacío. Estas inquietudes se manifiestan hasta mis últimas películas, como Gente de Roma (2003), pero ya estaban presentes en El comisario Pepe (1969)».
Scola es el creador de referenciales largometrajes peninsulares, de la guisa de Celos estilo italiano (1970); Nos habíamos amado tanto (1974, Premio del Festival Internacional de Moscú y con el guion de Age y Scarpelli, dos grandes maestros del oficio); Sucios, feos y malos (1976, Premio al Mejor Director en Cannes); El baile (1983, Oso de Plata en Berlín); o La familia (1987, merecedora de seis lauros David di Donatello), entre otros títulos para la posteridad.
Esta sobresaliente figura de la edad de oro de la comedia italiana (resultó un prolífico guionista del género para otros cineastas, junto a algunos de los cuales formó reconocibles duplas, antes de realizar su primera película, en 1964) dirigió, en placenteros y transparentes filmes, a esos cinco monstruos de la etapa llamados Vittorio Gassman, Nino Manfredi, Ugo Tognazzi, Marcello Mastroianni y Alberto Sordi, todos grandes amigos suyos.
Dirigió 30 largos de ficción (tres de ellos de episodios), cuatro cortos y ocho documentales. Se despidió del cine en 2013, mediante el documental Qué extraño llamarse Federico, homenaje a su mentor y amigo, Federico Fellini.
Fallecido hace una década, el miembro del Partido Comunista Italiano dijo del político derechista Silvio Berlusconi unas palabras que hoy sirven bien para Trump: «Ni los políticos ni los intelectuales hemos hecho lo suficiente para encararlo, para pararlo».









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