
Ver lo remoto cual túnel de escape ante la adversidad es algo que está encostrado a los genes de la especie desde su fase ancestral. Las constantes huidas de personas hacia sitios extraños tuvieron origen, muchas veces a lo largo de la historia de la humanidad, en el miedo ante el peligro inminente.
Este sentimiento o intuición motiva el desplazamiento, hacia Kenya, de la familia judía alemana de los Redlich, hacia 1938, antes del exterminio nazi, en el largometraje germano En ningún lugar de África (Caroline Link, 2001), cuyo cuarto de siglo de estrenado Apuntes de Cine rememora hoy.
Al arribar al continente negro, la pareja de Walter y Jettel Redlich, junto a su hija Regina, debe replantearse modos de obrar y pensar ante su choque con cultura y condiciones de vida diferentes. Algo parecido, aunque no a este extremo, les sucede a los personajes de la posterior cinta de Link, El año que dejamos de jugar (2019), sobre otra familia judía que debió abandonar Alemania y huir por varias ciudades europeas ante la irrupción de la barbarie hitleriana
El quiebre del particular orden de cosas de los Redlich motiva que lo que en principio pudiera haber parecido una estructura familiar con vocación de monolito se fragmente, mucho a causa del cambio abrupto, aunque debido un poco también al desequilibrio afectivo entre un Walter que ama mucho y una Jettel que solo se deja amar.
La frivolidad de Jettel, igual que su debilidad y pragmatismo, marcarán grietas en la piel de una unión que Walter –defectos personales a un lado–, hará lo imposible por preservar.
Link concede valor especial dentro del relato al sondeo sicológico de sus protagonistas, a cada meandro sobre el cual discurre esta relación de pareja y su proyección sobre la hija.
Con ello, la astuta realizadora –quien ya había dado muestras de saber hacer en Más allá del silencio y Ana Luisa y Antón, sus dos anteriores largometrajes–, consigue que su película no se diluya en el habitual planteamiento de la narración clasicista del cine anglosajón sobre el tema, a la manera de Soñé con África, de Hugh Hudson, con cuya línea de expresión su filme ciertamente se emparenta bastante en el método constructivo.
Lo que hace Link es fusionar de manera orgánica el discurso estructural hollywoodense con la propensión introspectiva en el estudio de personajes típicos del cine europeo, consiguiendo una obra que no sangra por tal mixtura y antes bien se legitima en ella.
En ningún lugar de África viene a ser, pues, una de esas pocas cintas a las cuales les queda bien su propuesta de integración de estilos, no resultando extraño, por ende, que recibiese el Oscar a la Mejor Película Extranjera por voluntad de la conservadora Academia, pero también cinco premios Lola en Alemania y el Premio Especial del Jurado en el Festival de Karlovy Vary.
Aunque le asegura más su trascendencia la parte europea del enfoque, no se abstiene de observar elementos morfológicos-argumentales muy trabajados por los estadounidenses: el nativo Owuor, la relación afectiva de la familia con el «buen salvaje», el cierre de reconciliación y embarazo... añadidos a la partitura academicista o el registro gráfico con el Síndrome del National Geographic.
Link, egresada de la prestigiosa Escuela de Munich, consiguió, en su adaptación de la novela de Stefanie Zweig, un interesante filme que habla con objetividad, sinceridad y tino –despojado de sensiblería–, de algunos de los efectos colaterales de la guerra.
Resulta meridiana, diáfana, su aproximación al rompimiento de vínculos afectivos, y a las duras experiencias de aprendizaje en condiciones extrañas de existencia de las personas obligadas a huir, como consecuencia de las contiendas bélicas.









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