Al construir una película como Cuando acecha la maldad (2023), el argentino Demián Rugna pareciera haber pensado que no existe un mañana en el cine de terror, por tanta ansia y desborde creativo que energizan la pantalla con la fuerza de un temporal en La Pampa; por no guardarse ninguna pesadilla en el tintero; por ascender el gore a un peldaño inusual; por ir a contracorriente, al socavar las bases de lo consensuado en materia de la «imagen permisible».
En su nuevo exponente del género, el realizador de Aterrados (2017) tiene la osadía, desparpajo o improcedencia, según quién y cómo lo mire, de colocar en pantalla, al minuto 36, a un inmenso perro que devora la cabeza de una niña pequeña. No será truculencia gratuita, sino elemento consecuente, constitutivo de la lógica dramática.
No va a ser ese el único de los momentos «incómodos» de Cuando acecha la maldad. Habrá muchos, otros tres, por cierto, también vinculados a infantes; porque, como habla Rugna por la voz de uno de sus personajes, «a la maldad le gustan los niños, y a los niños les gusta la maldad»; una verdad marcada a fuego en el género.
Aunque intervengan personajes infantiles, no resultan estos los principales. De esa responsabilidad se encargan los hermanos Pedro (Ezequiel Rodríguez) y Yimi (Demián Salomón). Ellos viven en una remota área rural, sin ley ni misericordia; con espacios abiertos, reses, cabras... y miedo, como en un western visitado por fantasmas.
Estos no llegarán envueltos en sábanas blancas, sino por la forma de Uriel, un «embichado», suerte de regionalismo para hacer referencia a los endemoniados. Rugna acomoda este tropo cardinal del género (el del cuerpo tomado por la entidad demoniaca) y lo relee sobre la pizarra personal de una película que es folk-horror en clave de drama familiar. El perro que ataca a la niña es «poseído» cuando Pedro llega a casa de su exesposa a buscar a sus hijos, para huir de ese pueblo y de la persecución del ente maligno que liberaron. Entonces, su antigua mujer le dice que en cuatro años ellos no le habían importado en nada.
La tragedia que advendrá a los suyos, pues, podría asemejarse a un helénico castigo por sacar al «embichado» de su entorno familiar, o por olvidar a su prole. De ser plausible la última lectura, Rugna estaría camuflando, o enarbolando de forma abierta, dentro de un cine rabiosamente libre en sus formas expresivas, la hoy día cada vez menos desarrollada defensa en pantalla de la unidad familiar nuclear, pero desde un prisma de causa-efecto muy pueril o conservador.
Con independencia de las posibles interpretaciones, de lo que sí no existe duda alguna es de la habilidad del Director para hacer tronar el género, despabilarlo y vestirlo de largo otra vez en Latinoamérica, mediante una obra que, si bien comulga con muchos (Carpenter, Fulci, Aja), a la larga es muy personal: por gamberra/lunática/ultraviolenta, y debido tanto a la eficacia como a la organicidad con que integra a la narración todo un arsenal de recursos del cine de terror.
La película –ganadora del Festival de Sitges 2023 y estrenada el sábado 20 en la televisión cubana–, crispante, transgresora, alejada de corsés y fórmulas, supone una bocanada de aire fresco, brizna verdísima para un género eterno que, a pesar de su historia, suele tambalearse demasiado dentro de las arenas movedizas del laboratorio en EE. UU.









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