Los héroes/heroínas de acción de Netflix, sexys, bellos, nervudos, algunos provenientes del universo de la moda como la israelí Gal Gadot en Agente Stone (2023), son incorporados a adocenadas producciones construidas sobre un esquema inalterable, que en la concepción del personaje central halla en las sagas Bond, Bourne y Misión imposible su nunca igualado patrón inspirativo, y que en su ambientación salta a múltiples sitios del planeta. Esto último ya era habitual desde Michael Bay, precursor del género, variante moderna.
De ese realizador también toman su aparatosidad, pirotecnia visual y sentido de la puesta en pantalla, en función de set-pieces (secuencias de escenas) por las que a la larga serán recordadas las películas. Hay horrendas pero también buenas, como aquellas filmadas en las calles de Praga para El agente invisible (2022). Los cuarenta millones de dólares invertidos solo en tales secuencias, geniales, no resultaron desmedidos, porque corroboraron el talento y la capacidad de Joe y Anthony Russo para construir elaboradas set-pieces para el género.
Justo los hermanos Russo escriben/producen Tyler Ryke 2 –película de 2023 estrenada en octubre en salas de todo el país–, segunda parte de una franquicia muy redituable para Netflix, la cual también podrá recordarse, más que por sí misma, por uno de sus segmentos.
A la precisa planimetría del contenido de acción de ese segmento se aúna una vocación certera para maximizar ángulos y tomas en función de una visualidad y un ritmo paroxístico, lo cual conduce al largometraje a su punto máximo de ebullición. Tal parte (un muy físico falso plano-secuencia de casi 30 minutos), pura testosterona, nervio y organicidad, es el mejor punto de conexión, hasta este minuto, entre el thriller de acción contemporáneo y el videojuego bélico, en razón de cómo rentabiliza orbicularmente el espacio, de cómo el encuadre se convierte en prolongación del campo visual y subjetivo del héroe.
El segmento en cuestión se registra cuando Tyler (Chris Hemsworth) es contratado para penetrar a una cárcel de máxima seguridad en Georgia, Asia; rescatar a la familia cautiva de un líder criminal; pasar el Mar Negro y evadir a su pléyade de perseguidores. Él, como recordará el espectador, es un mercenario que casi muere en el filme original de 2020, pero a quien el director de ambos títulos, Sam Hargrave, resucitó para extraerle todo el beneficio comercial que le están sacando a la serie. Si bien, en presunción, Tyler no se identifica con ninguna ideología, algo más peligroso que hacerlo con una, responde a los intereses hegemónicos y es un prototipo de soldado imperialista, disponible para entrar en acción donde convenga al amo.
Por las venas del veterano de guerra Tyler Rake corre la reaccionaria sangre del cine de acción serie b de Chuck Norris, la del Jack Reacher de Tom Cruise y, sobre todo, la de Sylvester Stallone en Rambo. Siempre estará en pos de preservar la causa de Washington, listo para aniquilar razas «inferiores» que no comprenden el «excepcionalismo» yanqui: indios en la primera parte, ahora georgianos.
Si lo anterior es verdad, también lo es que, al valorarse la carga de entretenimiento y la habilidad creativa en este cine, Tyler Rake 2 sobrepasa, por mucho, a otros títulos de acción de Netflix como los citados al inicio y La vieja guardia, Escuadrón 6, Zona de riesgo, La madre y Kate. Eso también lo hace más peligroso, como su personaje.










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