Nadie podrá borrarle a la Serie Nacional 64, por lo pronto, la etiqueta de la campaña más accidentada en la historia de estos torneos. Sin embargo, logró continuar adelante y desde hoy ofrecerá sus mejores galas, cuando al terreno salten los pretendientes de su corona.
Las emociones que nos aguardan en los próximos enfrentamientos no alcanzarán a ocultar las dificultades de transportación y alojamiento, ni los partidos confiscados, ni la polémica clasificación del último invitado al playoff, manifestaciones de tantos problemas estructurales agravados.
Sin embargo, así cual emerge el sol tras la tormenta y una victoria cambia en dulzura el amargo recuerdo de la derrota, este duelo definitivo, aún en circunstancias especiales y con sede neutral, nos traerá un motivo de alegría. Y me refiero a todos los cubanos cuyos códigos genéticos aparecen bordados por las costuras de la pelota.
Hablo, por supuesto, de matanceros y tuneros, privilegiados con la dicha de soñar gracias a los jonrones, los fildeos y los ponches de los representantes de su patria chica.
Pero también incluyo a quienes asistirán al estadio Latinoamericano, aunque su corazón lata en azul o en cualquier otro color; a los oyentes de la radio y los espectadores de la televisión. En fin, a esos que necesitan conocer el campeón, como otros esperan con ansiedad el final de la novela.
Este patrimonio nacional posee una duración superior a nueve entradas y se extiende fuera de los estadios; está presente en toda nuestra vida y su escenario reside en cada rincón del mundo. Entonces, junto al árbitro principal, digamos hoy con emoción: «¡Play ball!».







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