El pasado julio, durante el breve tiempo en que rozamos la normalidad en La Habana y Artemisa, la Compañía Teatral Los Cuenteros aprovechó para hacer una buena temporada en su San Antonio de los Baños. Estaba pendiente desde el aniversario 50 de la agrupación en noviembre de 2019, cumpleaños para el cual habían estrenado Cyrano y la Madre de Agua, de Ulises Rodríguez Febles.
Aunque el importante autor destaca por sus numerosos dramas para adultos, ha estado siempre cerca del títere en el entorno privilegiado de Matanzas, desde sus años de formación como teatrero e investigador, allá por los pasados 90, de cuando data esta obra. Y, por su origen, la mitología campesina es una fuente natural de su creación, al punto que se filtra en la estructura celular de la poética de todo su teatro.
En Cyrano… acude a la leyenda sobre esos grandes majás que habitan en cualquier fuente de agua de nuestra campiña, para recalcar los valores y contradicciones del niño Saúl, apodado Cyrano por su enorme nariz, quien salvará a la Madre de Agua de sus cazadores, imantado por el delicioso delirio de su tío y entre las habituales prevenciones de sus padres.
Y a Los Cuenteros le encaja a la perfección, pues Félix Dardo, su líder por décadas, imprimió en su estética un poderoso y elocuente sello guajiro. Así, paisaje, historia, lenguaje y modismos se dan la mano entre el texto, la dirección y la banda sonora de Malawy Capote y el oficio de un colectivo que ha sabido transmitir su herencia a las sucesivas incorporaciones, vector donde es decisiva la fundadora y siempre vital Graciela González Guerra, la propia directora artística, y la asesora Blanca Felipe.
Recibimos ese impacto del saber hacer de varias actrices y actores, ocultos tras el retablo grande cuya visualidad firma Gilberto Perdomo. Y donde se juntan, de manera comedida, varios muñecos, objetos y figuras que, en las manos de los animadores, le confieren indiscutible cualidad titiritera tocados por la gracia y el humor consustanciales a Los Cuenteros.
Qué maravillosa esa vuelta al teatro después de tantos meses, aun con las imprescindibles medidas de protección. Esa fibrilación física y espiritual en medio de un público de desconocidos que, sin embargo, vibra al unísono ante una identidad compartida.
Fue una celebración íntima disfrutarlo allí en San Antonio gracias a Los Cuenteros, entre la poesía del títere y los diálogos del tres y el laúd. Más por su medio siglo de coherencia ante sus espectadores que merece, de su pueblo y autoridades, la habilitación de un teatro para que dicha fiesta sea cotidiana y permanente.










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