El miércoles 15 de julio se cumplieron 90 años del natalicio, en La Habana, de Rine Leal. El aniversario no debe pasar inadvertido porque la importancia del gran historiador y crítico de nuestro teatro permanece viva en muchísimos ámbitos de este arte en Cuba.
Cualquier advenedizo se asoma al conocimiento de la manifestación aquí a través de los puntos del itinerario que él marcó en su útil manual Breve historia del teatro cubano. Si lo imanta, entonces pueden adentrarse en La selva oscura, referente grande e insoslayable en nuestros estudios culturales. Podría proseguir con sus compilaciones, prologadas con excelencia, sobre el teatro bufo y el mambí, hasta actualizarse con su clásico En primera persona y con Viaje a la crítica, o con su librito sobre la dramaturgia del Escambray, o con su defensa a favor del reconocimiento e inclusión de la dramaturgia cubana escrita fuera de la Isla.
Todo ese saber atrapado en sus libros lo acompañó con un trabajo de campo por buena parte de la geografía nacional. Seminarios, clases, talleres y festivales que la vieja guardia recuerda. También participó en un sinfín de eventos internacionales, y su figura permanece aparejada, del lado de Cuba, a ese proceso de conocimiento e integración del teatro de nuestro continente y de Iberoamérica. Asimismo en Venezuela, donde pasó los últimos meses de su vida.
Ante su muerte, en Caracas, en 1996, intenté un retrato del que me robo estas palabras: todas las vocaciones de Rine encontraron un inigualable crisol en su oficio de maestro. El investigador, el animador cultural, el periodista, el historiador, el crítico, el comunicador se fundieron en uno solo en los recintos del Instituto Superior de Arte (que lo nombraría en 1990 Doctor Honoris Causa), para legarnos una trayectoria ejemplar en la formación de varias promociones de actores, críticos, dramaturgos y directores. Fue esencial en la conformación y puesta en práctica de ese proyecto, en el cual resultó definitoria su función para crear el movimiento teatrológico cubano.
Hay dos anécdotas de Rine que me fascinan y retratan su atractiva personalidad. Una, en torno a los desayunos madrugadores mientras esperaban la impresión de algún periódico en los que trabajó durante los años 50. Como él y sus colegas muchas veces no tenían un quilo, el barman amigo les destinaba un «pan con filo», la clave que indicaba un simple pan cortado por el filo del cuchillo. Se reía ante el recuerdo y apostillaba que solo el placer inmenso de algún texto de los reunidos allí les curaba el hambre con el olor de la tinta fresca. Y la otra, cuando el rector fundador del isa, el Dr. Mario Rodríguez Alemán, lo llama por teléfono para avisarle de la apertura de la carrera de Teatrología-Dramaturgia en la Facultad de Artes Escénicas. Mario quería proponerle que asumiera la dirección del departamento, pero Rine, goloso ante la noticia, se adelantó a pedirle que no dejara, por favor, de inscribirlo como alumno de aquel experimento.
Siempre que cuento esta última, me emociono y no dejo de pensar en cuanto tonto se cree que ha llegado sin todavía faena de valor alguna. Sería injusto olvidar a este hombre, entre tanto que se le debe, y tantos que le debemos, así como a su quehacer intelectual: la obra viva de este maestro del teatro cubano.










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