ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Crecemos imitando sus gestos, tratando de que mamá afloje el peso del regaño del «viejo» porque no hacemos las cosas bien, o porque no les damos importancia a los pequeños detalles que nos señala para que entremos por el aro.

De niños, el tiempo empleado en disciplinarnos nos parece tiempo que le restamos al juego, es una cuenta que siempre va contra el imprescindible aprendizaje. De cualquier manera, el padre no desiste en enseñar, aunque por momentos la madre interceda para reducir la presión entre ese entrañable dúo padre-hijo. Aun así, contrariados por no poder hacer lo que nos place, crece la admiración que a veces no sale a flor de piel, pero que existe y camina por dentro.

¿En cuántas oportunidades te preguntaron qué quieres ser cuando crezcas? La respuesta viaja desde un «quiero ser como mamá» o «deseo parecerme a mi papá», sin que en la afirmación haya sustancia para que alguno de los progenitores sienta celos. En fin, los dos han de avanzar por el mismo trillo de aportar amor.

Crecemos y, cuando llegan los años de la secundaria básica y el pre, mientras el círculo de amistades aumenta, nos asomamos a un mundo de nuevas sensaciones, con mayores posibilidades de ir tomando las riendas del quehacer diario, pero somos inexpertos todavía. Entonces pretendemos probar fuerza, desafiando los conceptos del padre, o de la madre, porque creemos ser los más modernos del mundo, los sabiondos, con el último refrán repetido cual sonsonete para ganar connotación.

Crecemos, y vendrán los cabezazos, y el interés por ocultar los errores para evitar la burla de nuestros amigos adolescentes, deslices urgidos de hallar una palabra hecha para la reflexión, evitando que tomemos el atajo rumbo a la inmodestia. Las madres y los padres alzarán la adarga para poner a punto nuestras mentes.

Crecemos hasta convertirnos en adultos, aumentarán las responsabilidades, deberemos ponerles el pecho a los problemas, no pocos en un país donde la soberanía y la independencia tienen un altísimo valor. Y, como si buscáramos el aire que revive, también clamamos por el consejo de los «viejos», porque ellos encuentran una solución a las dificultades, no se han rendido jamás. Empieza, cuando la madurez toca a la puerta, una revalorización del papel creador y de guía de nuestros padres.

Crecemos, y afloran las canas, tal vez es el momento en que ya «el viejo y la vieja» no nos acompañen. Rememoraremos cuánto hicieron por nosotros, ilustraremos ese recuerdo diciendo «si estuvieran aquí, hubieran obrado de esta manera». Añoranza que en principio nos vuelca hacia un soplo de intimidad en el cual tal vez nos reprochemos aquella ocasión en que les respondimos mal, o que no seguimos su sugerencia y todo nos salió mal.

Crecemos, los hijos nos ponen delante una película muy parecida a la que les hicimos vivir a nuestros padres. Intentamos argumentarles, convencerlos, animarlos, mas al final hemos de entender que no serán iguales a nosotros. Y, cuando llegue ese momento, sabremos que todos los días del almanaque son importantes para reverenciar a las madres y los padres.  

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